La máquina del tiempo

El naranjo ornamental de una soleada plaza, en connivencia con una racha de viento fresco, acaba de regalarme una vaharada de olor a azahar de tal calibre que he vuelto atrás en el tiempo 30 años, a la época en que los campos de naranjos rodeaban mi barrio y ese aroma era el habitual. La máquina del tiempo está en nuestras cabezas y tan solo hace falta una pequeña conjunción de casualidades para activarla. Así de fácil, y así de difícil.

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