Son el alma de la fiesta

–Las has visto, claro que sí. Haz memoria:
En la Cabalgata del Pregón, sentadas estratégicamente en las zonas de paso, lanzando miradas torvas a los infelices que les piden amablemente si pueden apartarse un poco, al tiempo que declaman su frase favorita: “por aquí ya no pasa nadie más, leñe”.
 
En el desfile de gaiatas, defendiendo con uñas y dientes que “estas 19 sillas vacías y las 19 de la cera de enfrente, están guardadas para mis amigas”.
Exigiendo a los grupos folclóricos que bailen delante de ellas.
Cogiendo caramelos, cabezas de ajo, cacaos, tramussos, llonganissa o lo que quiera que sea que se tire o reparta desde el carromato de turno durante la parte eterna del Pregó, con una agilidad más propia de ninjas que de ancianas decrépitas.
Señoras que pueden gritar “la volteta, la volteta” sin que les tiemble la voz, durante horas.
Que, durante el desfile de gaiatas, exclaman “Ohhh” maravilladas cuando ven un monumento tradicional con sus volutas, escudos y vasitos de colores y que se escandalizan, indignan y hacen “tse, tse” ante las gaiatas innovadoras con muchos tubos fluorescentes, espejos y abstracciones.
Que dicen “Na Ermengarda” sin trastabillarse.
Que pueden hacer colas interminables sin que se les resienta la cadera, para conseguir su bien más preciado: un ración de la tortilla monumental, (aunque nunca las veas comérsela, porque, como te revelaré más adelante, eso simplemente, no es posible).
Las has visto, sí, bailando juntas un pasodoble hasta el amanecer en la verbena de tu sector gaiatero.
Y las has visto al principio de la Romería de les Canyes, renqueando, dando pasitos pequeños y diciendo cosas como “noto en los huesos que va a llover” , “este cuerpo pide tierra” o ” estas son mis últimas Magdalenas”, que corren como velocirraptores en cuanto te das la vuelta, porque luego cuando llegas a la ermita ellas ya llevan un buen rato haciendo cola para la paella (que no se comerán). No hay otra explicación. Bueno, sí que la hay…
La hay. Porque, aunque las hayas visto miles de veces, nunca te has parado a observarlas. De haberlo hecho, te habrías percatado de que tienen lentes en lugar de pupilas, y de que jamás parpadean, ni respiran. Que están algo oxidadas en algunas zonas y que en la base del cuello, debajo de sus plises azules, rosas y morados, todas, sin excepción, llevan una chapita que reza: “Propietat de l’Ajuntament de Castelló – 03/03/1945”. ¿No te das cuenta? Ellas son el alma de la fiesta, y dinamizan los desfiles como nadie… ¡porque son parte de ellos, porque para eso fueron creadas! Sí amigo mío, las abuelas robóticas fueron diseñadas y fabricadas en los laboratorios subterráneos –yo he estado allí– que hay en el Instituto Ribalta por Manuel Segarra Ribés, creador del Pregón y Bernat Artola
Y, si además de observarlas las hubieras seguido, como yo hice, sabrías que nunca duermen, que durante las fiestas vagan sin rumbo por la ciudad, que se reúnen para beber aceite de coche en la gasolinera que hay enfrente del Carrefour. Y que, tras el Magdalena Vitol, son recogidas por un operario municipal y transportadas en camiones refrigerados a los sótanos secretos que hay en el antiguo cuartel Tetuán 14 donde son revisadas, engrasadas por becarios de la FUE con los ojos vendados, y almacenadas en cámaras herméticas hasta las fiestas del año siguiente…
Tú me crees, ¿verdad, amigo?
–Claro, claro que sí, Sr. Ávila… Ande, tómese la medicación.
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