MIRADAS

A lo largo de mi vida he tenido sensaciones que he creído únicas, extraordinarias, hasta que hurgando un poco aquí y allá he terminado descubriendo que eran de lo más mundano.

Ejemplos:

– Pensar en alguien y que aparezca por la puerta
– Desear algo y que se cumpla
– Estar durmiendo y tener la sensación de caerme de la cama
– Estar seguro de haber visto a los reyes magos
– Los “deja-vu”
– Tener pequeñas premoniciones, intuiciones, corazonadas…

Cosas que aparentemente escapan a lo “normal” pero que todos, en mayor o menor medida hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas. Los seres humanos somos muy diferentes, es verdad, pero también muy iguales. Por eso triunfa el humor de “El club de la comedia”, los horóscopos, el márqueting, las franquicias de comida rápida, las radiofórmulas y los bestsellers…

De todas las cosas extraordinario-comunes que me pasan, hay una que no deja de sorprenderme. Me ocurre, sobre todo, con la gente que quiero. Un día cualquiera, en un momento intrascendente, estoy hablando con una persona y de repente la veo como con otros ojos. Como si hasta ese momento sólo la hubiera visto, pero núnca me hubiera parado a mirarla. Me fijo en sus rasgos, en la manera de hablar… Muchas veces la familiaridad desaparece y es como si la estuviera volviendo a conocer…

A lo mejor, es la manera que uno tiene de darse cuenta de que esa persona le importa, o, simplemente es que vivimos muy deprisa, olvidamos con demasiada frecuencia que hay que pararse a oler las rosas y cuando lo hacemos nos parece algo extraordinario.

Es como si normalmente me dejase llevar por la corriente de un río, pero en un momento determinado me agarrara a una roca y, desde ahí , me parara a observar los árboles en las riberas, los campos, a sentir el sol en la cara…

En cualquier caso, yo creo que hasta que no miras de esa forma a la gente que te acompaña en el camino no puedes saber con certeza cómo son y cómo eres tú respecto a ellos.

Hoy me ha pasado con mi hijo. Antes me pasó con mi mujer, con mi familia y algunos amigos.

Hoy es el cumpleaños de Diego y, mientras abría ilusionado su regalo, le he mirado con detenimiento: sus ojos, la cara de pillo que tiene, su sonrisa. Y he pensado: vaya…es MI HIJO. Ya ves, como si en ocho años no hubiera tenido tiempo de asimilar que tengo un hijo, y no lo hubiera mirado cientos, miles de veces, pero parece ser que no. Porque, en lo que respecta a Diego, hoy me he agarrado a la roca en el río.

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3 comments

  1. Paola Contreras · marzo 16, 2016

    Yo lo denomino: amor incondicional 🙂

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  2. Pannonique · marzo 17, 2016

    Es verdad que a veces se tienen esos momentos en los que, por un instante, apreciamos la magnitud de las cosas. Luego volvemos a hibernar hasta la siguiente roca. Será que ese estado de lucidez emocional es imposible de aguantar de manera constante? Saludos!

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  3. Pingback: MIRADAS – crónicas de un padre primerizo/fresh dad chronicles

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