De focas, payasos y palomas

Ha sido ver esta foto del quiosco que había en el Parque Ribalta en Castellón (sí, sí, el del aeropuerto dichoso) y no he podido evitar echar a volar las cometas de memoria. Y oye, nada más  empezar a ascender, sus colas llenas de pajaritas de colores se han enredado en varios traumas infantiles que por lo visto tenía yo largo tiempo guardados bien al fondo de mi subconsciente. Y, como he leído en algún lado, que escribir sobre ellos es terapéutico y además gratuito (es que los psicólogos están por las nubes, oiga, como las cometas) pues allá que voy:

Al lado de este quiosco, había una foca mecánica que daba vueltas. ¿Os acordáis? Yo, a esa foca le tenía TERROR. Por si fuera poco, creo que cuando funcionaba la atracción (que consistía en dar vueltas y vueltas hasta que vomitabas los petit suis de la merienda), sonaba una canción de los payasos de la tele. Focas giratorias y payasos. Por lo que sea, era una combinación muy atractiva para mis coetáneos, pero no para mí. Para mí era el infierno. ¿Y POR QUÉ? Por dos motivos:

1) En aquella época era muuuuy reacio a subir en cualquier cosa que pudiera poner en peligro mi integridad física. Era un niño lector e introspectivo. Un niño temeroso de la ira de la foca.

2) Soy coulrofóbico perdido (fobia a los payasos), y  si me pones a un payaso con su cara pintada, su nariz, y sus características risas y, al lado, a un zombi devorando las entrañas a un cervatillo, pues qué queréis que os diga, me quedo con el segundo. Quizá la película ‘Zampo y yo’ me traumatizó, o Charlie Rivel, con su silla, su guitarra y sus quejidos Auuuuuu – Auuuuuu. Me deprimían horrores. No lo sé, pero sólo de recordarlos ahora a ambos tengo los pelos como escarpias. El problema lo tengo yo, desde luego. Los payasos hacen una labor encomiable (pero a mí que no se me acerquen).

…Y luego estaban las palomas

Todo niño setentero / ochentero que se precie tiene su foto (por lo general fotos en ‘tomate color’ con los rojos muy subidos), rodeado de millones de palomas. Da igual de dónde seas, en todas partes había un parque repleto de las simpáticas ratas del cielo para que te pudieras hacer la foto y crearte tu trauma personalizado gracias a esos bichos. Si eres de Castellón, eso ocurría en el Paseo Ribalta, el mismo lugar donde moraba la foca del averno. La leyenda urbana cuenta que si un niño torpe, jugando, se caía tres veces, las palomas lo interpretaban como una ofrenda de un niño débil por parte de los castellonenses a su reina, la Gran Columba Livia, y las palomas se lo llevaban al palomar donde lo devoraban a picotazos en unos segundos. Los patos hambrientos del estanque cercano, también participaban, claro.

Por eso, para que no se comieran a los niños castellonenses y luego pudieran salir en las gaiatas y en El Pregó infantil, todos les dábamos comida a las palomas. Pienso que podíamos comprar allí mismo, a una señora que vendía además globos de helio y bararijas que en aquella época me parecían de lo más exótico y sofisticado. Había otra señora que vendía comida para palomas y pipas para los niños a la entrada del parque infantil, aunque yo creo que la señora de los globos, con mayor diversidad de negocio,  estaba forrada y la del parque no. Pero eran suposiciones de un niño de cinco años,  tampoco esperéis un análisis microeconómico del asunto.

Cuando comenzaron a abrir centros comerciales, concretamente el Alcampo y después el Pryca (que, para los que no lo sepáis eran las siglas de PRecio Y CAlidad), se acabó lo de ir en masa los sábados al parque. Y entonces,  las señoras vendedoras, los globos, las bolsitas de comida, el quiosco, la foca, los niños… Todos se esfumaron, desaparecieron de allí como por arte de magia (o del incremento del poder adquisitivo de la incipiente clase media). Menos mal que nos quedan las fotos en tomatecolor para dar fe de que aquello ocurrió…

Los más observadores habrán percibido que en la lista de todo lo que se llevaron por delante las grandes superficies, no he incluido a las palomas. Y eso es porque no desaparecieron, siguen allí, en el Ribalta, pero se convirtieron en mutantes.  Si vas, las verás, algunas cojas, otras con muñones en vez de patas… Paseando sin rumbo, tristes y cabizbajas, añorando los días de  alpiste y rosas…

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6 comments

  1. evavill · julio 25, 2015

    Me haces mucha gracia, me gusta leer lo que escribes, mezclas bien el humor con la nostalgia. Lo de la foca del averno me ha gustado especialmente.

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  2. manospal · enero 27, 2016

    Alto, aquí se se ha cometido una injusticia imperdonable. Las verdaderas ratas aladas son las gaviotas y no señalo a nadie por ello. También son entrañables estas a pesar de sus curiosos hábitos higienicoalimentarios.
    Las palomas han convivido con nosotros currandose duro su estatus en mensajería más eficientemente que whatsapp mucho antes de que soñaramos poder pilotar un dron.
    De los payasos y los payasos no puedo decir nada en su defensa salvo que se les ha punteado bastante a lo largo de la historia.
    Que sigan viviendo retiraditos, no me fío mucho de ellos. Mejorando lo presente, claro

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  3. luisjuli2 · agosto 28

    Buen escrito!!! Qué bonita evocación del pasado. Y además he aprendido una palabra nueva!!! Fobia a los payasos!!!

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  4. yolanda1965w · agosto 28

    ¡Muy muy bueno! Me gusta mucho leerte. Saludos

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  5. torpeyvago · agosto 28

    ¡No estoy de acuerdo! Las palomas te comen lentamente para hacerte sufrir. Las partes vitales las dejan, siempre, para el final.

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