La cadena

“¡¡Cuidado, es importancia!!¡¡No borra este mensaje!! ¡¡Si no, una manada de cabras llamará al telefonillo!! Son cabras salvajes carnívoras y cuando permites entrar, te pegan una coz voladora que te hace perder el sentido y entonces se comen tus entrañas crudas, sin cocina!!

Si se lo pasas a todos tus contactos antes de cinco segundos, el icoño cambiará a verde y la Niña Pastori, Pastora Soler y Pastora Vega vendrán a sacar las cabras de tu casa. Si no lo haces, mañana WhatsApp será facturado a 0,50 centavos y las cabras se quedarán a vivir con tu cadáver contigo para siempre.

Si quieres que tu cuenta no se borra y el disco duro no se borra borrado, válgame la rebuznancia, envía PARDILLO al 5500 y el icosno cambiará a azul. Gracias de antebrazo”.

Todo comenzó con este mensaje de whatsapp. Se trataba de una de “esas cadenas”. Hace tiempo que desistí de explicarle a quien me las envía —siempre suelen ser las mismas personas— que este tipo de mensajes son burdas manipulaciones, textos llenos de mentiras que tan sólo pretenden aprovecharse de la buena voluntad de la gente para llenar las redes sociales de basura cibernética. La verdad, aunque lo hacen sin maldad, desde la más absoluta inocencia a veces consiguen que pierda los papeles… Por el amor de Dios, ¿cómo no se dan cuenta de que son una sarta de falacias? Pero si esos textos están plagados de errores gramaticales y de sintaxis, como si en vez de por seres humanos, hubieran sido redactados por una horda de monos hasta el culo de gintonics. Así que hice lo que hago siempre en estos casos: procedí a eliminarlo de inmediato.

Entonces, empezaron a pasar cosas muy extrañas. En cuanto el mensaje desapareció, ni antes ni después, no, fue en ese preciso instante, llamaron al timbre. Abrí la puerta y en el rellano, junto a una caja de cartón marrón de dimensiones descomunales y sin marcas externas que me permitieran adivinar su contenido, un repartidor con un parecido espectacular a Mark Zuckerberg, me dijo en un castellano bastante precario:

—Chengo caha para tú. Firma usted acá, par favar.

Me acercó una tablet y un puntero, y yo firmé. Él exclamó un sonoro y rotundo: “¡ME GUSTA!”, y se marchó dando saltitos, escaleras abajo.

Me acerqué curioso a inspeccionar el paquete ¿Quién querría enviarme nada? Si casi no tengo amigos reales ¿Qué sería? Ilusionado como un niño, saqué el teléfono móvil con la intención de hacerle una foto y compartir mi excitación y mis cavilaciones con mis contactos en las redes sociales. Y dar un poco de envidia, también, para qué negarlo.

Pero no me dio tiempo.

En menos que canta un gallo, una manada de cabras salvajes salió en estampida de la caja y comenzó a devorarme. Ahora estoy aquí, en el suelo, en medio de un charco de mi propia sangre, mientras una cabra color canela, de nombre “Pichí” —están todas perfectamente etiquetadas— me roe la pierna derecha.

Siento que me queda poco tiempo, así que utilizo mis últimas fuerzas para intentar alcanzar el teléfono móvil, con la intención de despedirme de mis seres queridos.

Lo que veo me hiela la poca sangre que me queda en las venas: un mensaje acaba de reenviarse, él solo, a todos mis contactos.

“¡¡Cuidado, es importancia!!¡¡No borra este mensaje!!”…

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2 comments

  1. torpeyvago · octubre 19

    Escalofriante.
    Y realista.
    Hace poco que alguien intentó el experimento de los monos tecleando, e introdujo un teclado en una jaula de chimpancés. Estos se mearon y defecaron sobre el teclado y luego lo ignoraron, por lo que tenemos claro que ellos no son quienes mandan los mensajes. ¿Son las propias cabras?

    Le gusta a 1 persona

  2. María Míguez · octubre 19

    Jajaja! Buenísimo!!

    Le gusta a 1 persona

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