¿Elegir tu propia aventura? ¡Qué estrés!

Disfruto como un enano yendo de librerías en familia. Esta mañana, hemos pasado por Argot y Diego, con carta blanca para escoger el libro que quisiera (porque sí, porque en la república independiente de mi casa no hace falta un motivo especial para comprar libros), se ha decidido por uno en la estela de aquellos ‘Elige tu propia aventura’ que tanto éxito tuvieron en los 80, y que todos recordamos con cariño. Bueno, casi todos, porque yo no podía con ellos. Lo intentaba, y de hecho me compré varios, pero lo que para mis coetáneos era un disfrute y el sumun de la innovación literaria, para mí era un suplicio, básicamente por mi dificultad para escoger cualquier cosa sin haber analizado minuciosamente todas las opciones, calculador que es uno. Imagínate darle a un indeciso patológico -yo- un libro en donde constantemente tuvieras que andar escogiendo unos caminos en detrimento de otros y tomando decisiones todo el tiempo. Qué estrés. No, yo prefería no tener que trabajar tanto y estaba encantado con leer linealmente lo que quiera que fuese que el escritor tuviera que decirme sin necesidad de tener que calentarme la cabeza. Por si fuera poco con esto, mi curiosidad, también patológica, me arrastraba a leerme absolutamente todas las tramas, hasta la última página, aunque eso implicará andar pegando saltos por el libro como una rana. Lo dicho, un estrés.

El caso es que Diego se ha entusiasmado y, después de comer, en lugar de abandonarse a jugar con algun dispositivo electrónico (lo cual nosotros fomentamos descaradamente -malos padres, malos padres- con el objetivo de poder digerir la fideguá y/o dormitar sin interrupciones los domingos), ha cogido el libro por banda, y se ha enfrascado en su profunda lectura. Cuando llevaba aproximadamente una hora leyendo ha venido hasta donde yo estaba y me ha dicho: ‘Ya me lo he acabado. Me ha encantado’.Yo, incrédulo, le he preguntado si se lo había leído todo. Y él ha respondido que claro que sí, que ya se había leído… ‘SU aventura ‘.
Lo que me temía, el tío que es un niño de lo más literal, ha hecho caso del título del libro, y se ha leído un hilo argumental (uno y sólo uno) saltando por el libro, adelante y atrás, guiado por sus propias decisiones y cuando ha llegado al final de ese hilo, se acabó el libro. Y claro, yo, pardillo, he pensado que era por ignorancia y le he explicado cómo funcionaba el tema, y que ahora podía volver atrás y escoger otros caminos y descubrir nuevas historias. Y él me ha mirado como si estuviera viendo a un ser de otra galaxia hablando un idioma desconocido y me ha dicho muy serio ‘que no, que no me vas a convencer, que yo ya he leído mi propia aventura’. Y yo no entendía como podía plantarse tras 40 páginas de su aventura y deshechar alegremente 140 o 150 páginas. ¿No sentía curiosidad por todo lo que se estaba perdiendo? ¿Mirar otros caminos que quizá le gusten más a la larga que el escogido inicialmente ? ¿Cómo puede defender su decisión de modo tan tajante y vehemente, con tanta seguridad? Qué envidia.

Como decía el maestro Serrat, a menudo los hijos se nos parecen y eso nos satisface, pero en contrapartida asusta un poco ver cuán diferentes a nosotros son también. Cómo tienen aspectos de su carácter tan profundamente marcados desde el minuto 1. Desde el momento de nacer, me atrevería a decir, independientemente de la educación y el entorno en el que vivan.

Desde luego, no es fácil ser padre. Como antes hicieran con nosotros -de eso me doy cuenta ahora- nos toca ayudarles a escoger su camino (si se dejan), a consolarles cuando se dan cuenta de que se equivocaron al elegirlo, o simplemente a estar ahí, como un punto de referencia al que volver cuando están perdidos.

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6 comments

  1. Aurora Losa · marzo 9, 2015

    jaja, me acuerdo de esos libros casi todos los días y te diré que estoy de acuerdo con tu hijo, son como la vida misma, y no merece la pena mirar atrás para ver lo que te has perdido. Aunque yo acababa muerta la mitad de las veces.

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  2. Xavier Turell · marzo 9, 2015

    Buena anécdota. En mi caso, yo devoraba estos libros. Me encantaban y, sí, leía entusiasmado todos las aventuras posibles de cada ejemplar. Pero quizá tu hijo haya aprendido algo importante al no hacerlo, pues en la vida no podemos echarnos atrás, y sólo disponemos de un camino. Así que, si él está contento de lo que ha hecho durante su aventura y la ha disfrutado, tu también deberías estarlo. Un abrazo, y que no deje nunca de leer.

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  3. herreiere · agosto 19, 2015

    Esos libros nunca tienen la opción que yo hubiera tomado.

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  4. pakdark · mayo 1, 2016

    que grandes momentos vividos entre esas páginas….

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  5. Leire · mayo 1, 2016

    Esos libros introdujeron la novela posmoderna a muchos de nuestra generación. Yo soy de gustos más convencionales y, además, siempre he sido muy obediente y de seguir las normas, así que respetaba religiosamente los dilemas y las redirecciones. Por cierto, uno de los pocos ejemplares que tuve era precisamente “Superordenador”. Y eso que no me gusta la ci-fi.

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  6. torpeyvago · mayo 1, 2016

    Vayamos por partes. Me gustaría hablar de mis trasuntos genéticos y de los gustos y disgustos —mayor cantidad los últimos, mejor calidad los primeros—. Pero como es domingo y yo tengo tendencia a la horizontalidad y al poco quehacer, me he dicho, pues cuento lo del Jan y a tomar viento.
    Vago y ávido lector como soy, me ocurre como a ti: No me encantaban los libros autoaventura. Pero mira por donde, salió una aventura de Superlópez y los petisos carambanales. Y me la leí de forma secuencial sin tener en cuenta los saltos. Me daba una pereza… Eso sí, la tuve que leer dos veces. Es lo que hay.

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