Me gusta el olor a cabra. Sí, sí, habéis leído bien (Fiu, a ver cómo reconduzco este inicio)…

Y es que, a partir de cierta edad llega un momento en el que nos urge recuperar, aunque solo sea por un instante, alguna de las sensaciones que grabamos a fuego durante la infancia. Y por eso nos emocionamos con el olor a tierra mojada, el de la madera ardiendo en la chimenea o el de la tarta de galletas de la abuela, que además es bastante triste, porque llega un momento en que no te queda más remedio que reconocer que, tal y como ella la hacía, es imposible que vuelvas a probarla jamás, pues falta el ingrediente más importante de todos.

Y esto del aferrarse a las esencias de la infancia es así, no admite réplica, porque es la única explicación que le encuentro a que me guste el olor a alpechín (el desecho del aceite de oliva, que huele fatal), a granja, a corral o a cabra, directamente. Es lo que tiene haber pasado todos los veranos en el campo.

Y esos instantes mágicos, insisto, los intentamos capturar o recrear, pero rara vez es posible conseguirlo más allá de unos segundos, por lo general, del modo más fortuito, como aquella vez que al pasar cerca de el naranjo ornamental de una soleada plaza,una racha de viento fresco,me regaló una vaharada de olor a azahar de tal calibre, que me llevó atrás en el tiempo 30 años, a la época en que los campos de naranjos rodeaban mi barrio y ese aroma era el habitual. Y oye, me paré allí como un zumbado, a oler, y a recordar, mientras la gente me miraba, pensando, a este le falta un hervor, y las ancianas se echaban la mano al bolso, o se cruzaban de acera.

Y son también impredecibles hasta para uno mismo, porque si no, a ver cómo puede ser que me emocione escuchando folclore viejuno comoPrecaución, amigo conductor de Perlita de Huelva, o Madrecita María del Carmen“, de Manolo Escobar. Generalmente las canciones que marcan tu infancia no las escoges, lo hacen otros por ti. Canciones que se escuchaban por decreto, por que le gustaban a tu padre, a tu madre, porque es lo que ponían a todas horas en la radio… Es por eso que hay canciones que, al final, has escuchado hasta el aburrimiento, de estilos dispares y de las que, por lo general, reniegas cuando eres adolescente pero que luego, en la madurez te descubres a ti mismo buscando en Youtube para poder, aunque sea por un segundo, volver a aquella época.

La máquina del tiempo está en nuestras cabezas y tan solo hace falta una pequeña conjunción de casualidades para activarla. Así de fácil, y así de difícil.

PD: La cosa es que, cuando comento este tipo de cosas en voz alta, mi hijo me mira raro :”¿el olor a cabra, papá, en serio?”, pero bueno, dentro de algunos años, estoy convencido de que me comprenderá perfectamente. De hecho, trato a dirario de procurarle las herramientas necesarias para construir su registro de sensaciones, su catálogo de recuerdos. Y para eso no hace falta mucho dinero, porque no es necesario irse demasiado lejos, ni hacer cosas extraordinarias, sólo hace falta estar ahí.

 

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One comment

  1. torpeyvago · diciembre 11, 2016

    Me he tomado muy en serio la entrada, sobre todo lo de dejarles ese legado sensorial a los hijos, pero hay cosas que, ¿cómo decirlo?, se pueden interpretar de varias maneras.
    He tenido que limpiar un palomar infinitas veces en mi vida cuando era pequeño, y el olor a palomina y pájaro muerto me trae buenos recuerdos… también raro, raro, raro.
    Otros olores no hacen referencia ni siquiera a los recuerdos romanticones de nuestra infancia. El olor a cabra me recuerda los mataderos. Los he tenido que auditar por trabajo y si bien es cierto que que hasta me mareo viendo sangre, se me pasa y el olor a carne fresca me da hambre… Qué queréis, soy un animal.
    Y en cuanto al catálogo sensorial y que basta con estar… errrr, y bueno… yo me he echado concursos de pedos con mi hija. Seguro que no te referías a eso, sino a vivir intensamente los momentos de la infancia de tus hijos. Pero si no lo escribo, no me quedo tranquilo 😛 .

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