La señora de los gatos

Os contaré una historia que sucedió hace ya un tiempo.

Voy caminando por la calle, carro y niño en ristre (Diego tiene unos dos añitos y acabo de quedarme en el paro, por lo que paseamos mucho) cuando, en un balconcillo enrejado a pie de calle, veo tres comederos, tres camitas y tres gatos.

Mi cabeza, que va por libre, enseguida empieza a elucubrar con el cuento de Ricitos de Oro aunque, por el tipo de barrio en el que estamos paseando, en vez de rubita y con tirabuzones, es más probable que fuera una okupa rastafari conocida en su círculo íntimo como la ‘Penumbra’, dedicada a la cria de ratas de compañía para punks, y al nunca suficientemente ponderado arte del malabarismo con mazas en el parque.

Mi imaginación es así. A veces me asusta.

Fuera del balcón hay un gato gordo como un ceporro. El radar de Diego se activa enseguida y dedo tieso y gruñiditos varios me indican el camino a seguir: hacia el gato, todo recto y sin perder tiempo. Pensé que el gato se iría, pero no, el tio pachorro se queda ahí plantado, tan tranquilo, mientras Diego emite todo tipo de sonidos y se menea cual niño del exorcista, emocionado por la presencia gatuna.

En ese momento, como si estuviéramos en una telecomedia americana (sólo han faltado los aplausos), ha aparecido de repente una señora de cincuenta y tantos años, con babero standar madre-abuela, un bote de alcohol y un par de algodones, ha cogido al gato gordo y le ha dicho:

-Tienes la cara hinchada. ¿Con quién te has pegado?

Lo primero que me ha venido a la mente es: ¿Y si el gato le contesta? En fin, ya sabéis cómo funciona lo mío.

Como si fuera una depredadora, la señora ha cogido al gato y obviando el algodón le ha quitado al animalito de las orejas, A DEDO DESCUBIERTO, una cantidad de porquería suficiente para alimentar a todas las cucarachas de los alrededores. En esto estoy pensando cuando me percato de que éste y otros gatos (han aparecido varios más) van detrás de la señora como hipnotizados, como si la Doña fuera la Flautista de Hamelín, pero con mininos en lugar de ratas apestosas. Entonces me doy cuenta de que me hallo ante una genuina y real ‘SEÑORA DE LOS GATOS’.

Señoras que, enarbolando su tupper con paella revenida y puntas de mortadela con aceitunas, bajan en camisón y pantuflas a alimentar a los gatos callejeros a horas intempestivas. Si los gatos tuvieran religión, harían estatuas con su imagen y las sacarían en procesión.

Acto seguido, la señora se ha dirigido a mí y, aliviado por no haber triunfado en la vida, ser un concejal y  tener que darle la mano, ha empezado a hablarme. Se la veía con ganas de charlar.  Al pronto me ha entrado una familiar sensación de agobio, e inconscientemente he pensado: “tengo prisa”, pero enseguida me he dado cuenta de que si algo no tengo es prisa, y que no teniendo que aparecer por casa hasta dos horas después, igual no estaba mal conversar un poco con la señora a la antigua usanza, sin una pantalla de por medio y asintiendo con la cabeza, no pinchando en una etiqueta que dice ‘Me gusta’.

Así que, como si fuera un reportero moderno en plan ‘Callejeros’, le he preguntado:

-¿Y cuántos gatos tiene usted?

La señora Vicentica -así dice llamarse- no me ha decepcionado y, como si fuera lo más normal del mundo, me ha contestado:

-7 en casa, y todos éstos que ves alrededor también son míos, pero no están en casa porque son callejeros.

Yo no me he dado ni cuenta pero a medida que hablamos tres o cuatro gatos más han aparecido de no se sabe dónde.

‘Esto parece Los Pájaros de Hitchcock, pero con gatos’, pienso. Pero digo:

-Ah…Los cuida usted…

-Si, mira…¿Ves ese coche de ahí?

-Sí.

-Pues es mío. Mira debajo… ¿Ves? Ahí hay un colchón, y un comedero. El agua se la cambio todos los días, ¿Eh? Y el coche no lo muevo nunca, porque ahí vive un par de gatos. Por cierto, ¿Quieres un gato? Es que no paran de parir y me falta uno por colocar.

Sin darme tiempo a responder, la señora continua con su particular monólogo:

-¿Y ves ese otro coche de ahí? Está abandonado. Yo lo he sellado todo y ahora hay una gata que tiene a las crías dentro. En serio, ¿no quieres un gatito?

En ese punto de la conversación yo ya llevaba bastante rato ojiplático. Habré pasado pora ahí cien veces y nunca me había percatado de que estaba pasando por una especie de Marina D´Or gatuno.

-No, se lo agradezco pero ahora mismo no. Más adelante quizás… ( si aparezco en casa con un gato, sin avisar, igual salgo yo por la ventana).

Intento meter baza:

La gente es cruel con los gatos, los envenenan… En mi barrio le pegaron fuego a un descampado sólo por acabar con los ellos. Supongo que las ratas y las cucarachas se habrán alegrado bastante.

Y ahí la señora tuerce el gesto y dice:

– Yo sería capaz de pegar si veo que alguien agrede a un gato o a un animal. Los animales, los niños y la gente mayor se merecen lo mejor, y no que les hagan daño.

Lo ha dicho con tanto sentimiento que no puedo evitar pensar que, en ese discurso, subyace algo más que lo aparente. La señora sigue hablando:

-Yo es que soy separada y…

Y me ha contado su vida. Cosas que yo creo que son bastante personales para contarle a un tipo con el que has estado hablando de gatos. Pero yo he dejado que se explaye, porque si alguien no tiene una necesidad vital de desahogarse no le cuenta su vida al primer desconocido que pasa. Hasta Diego, que normalmente gruñe a los 15 segundos de estar parados en el mismo sitio (lo que andamos, señor… parecemos peregrinos) estuvo ahí tranquilito mientras la señora me contaba todas sus penurias.

Una vez que la conversacíon ha terminado su ciclo vital me he despedido, y ella me ha dicho, “un placer conocerte y, ya sabes, si alguien quiere un gatito…”

Mientras me alejo de allí, no puedo evitar reflexionar sobre lo que acaba de pasar.

La calle está llena de gente corriente y pintoresca, con historias de película, y pasamos a su lado todos los días. En circunstancias normales,antes del frenazo a mi ritmo de vida, la prisa hubiera podido a la curiosidad. No me hubiera parado bajo un balcón ajeno y no hubiera conocido a la señora Vicentica, ni a sus gatos, ni  hubiera descubierto la ciudad-dormitorio gatuna que tenía allí montada, ni hubiera sabido de sus cuitas, ni de su vida. Y por eso decido que, cuando esté de nuevo subido en el tren, teniendo por compañeros de asiento al estress y la rutina, voy a recordar esta historia, y pararme de vez en cuando en una estación, simplemente a mirar a mi alrededor.

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2 comments

  1. The Askmaster · febrero 15

    Reblogueó esto en Directas & Indirectasy comentado:
    A veces hace falta detenerse ¿No?

    Pues parad y pasad por esta entrada, unos segundos. No regrets.

    Le gusta a 1 persona

  2. Elficarosa · febrero 15

    Jajajajaja, me ha encantado tu historia, tengo una gata y la adoro, le pega alguien y vamos, vamos ¡Por mi gata mato! Qué rato me has hecho pasar tan bueno, imaginándote a ti, a tu crío y a Vicentica. Un abrazo. Para tu bebé besitos de luz.

    Le gusta a 1 persona

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