La cabezadita del sábado

Cuando, aprovechando que es sábado y tal, decides echarte un ratito en el sofá a dormir la siesta, más que nada para recargar pilas y así disponer de la energía necesaria con la que después salir a correr unos cuantos kilómetros, que hay que ver lo pesadito que está el Runtastic todo el día con los mensajitos: que salgas a trotar, que venga, que va… que te da ganas de ponerle una orden de alojamiento al Runtastic de marras, hombre ya, y el caso es que cuando te despiertas, después de lo que tú piensas, “han sido 20 minutitos de nada”, te parece raro lo oscuro que está todo para ser las 3 y pico de la tarde, y no entiendes nada, hasta que te tocas los ojos y descubres allí legañas del tamaño de lentejas pardinas, y entonces, de repente, -aunque despues de encender la luz, claro, porque no es que esté oscuro, es que es de noche-, miras el reloj y te quedas unos segundos ensimismado incapaz de asimilar que sean las 6 y media de la tarde y que hayas dormido una cantidad de horas que seguramente te haya permitido alcanzar la fase rem en varias ocasiones, y cuando te levantas renqueando del sofá, porque las siestas tienen un punto de no retorno muy traicionero que, una vez traspasado, provoca que las siestas pasen de ser revitalizantes a transformarse en vampiras chupadoras de energía vital, entonces, digo, desechas de manera tajante la idea inicial de ir a correr y te desinstalas el Runtastic, y como te ha entrado hambre, decides ir a la cocina a rebuscar por las alacenas algo con lo que matar al gusanillo, ¿un polvorón de los que sobraron en navidad? Pues un polvorón. En guerra, cualquier agujero es trinchera. Y de camino al salón, ahito y dispuesto a ver algún episodio de alguna de las 17 series que llevas empezadas en Netflix o HBO, te miras en el espejo del recibidor y por el tamaño y diseño de las arrugas que surcan tu rostro, sabes que te has quedado dormido encima del cojín de ganchillo que heredaste de tu abuela y que la próxima vez que quieras dormir la siesta, mejor haces las cosas bien y te metes directamente en  la cama. Pero hoy, que te quiten lo bailao.

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One comment

  1. torpeyvago · enero 30

    Hay una continua confusión respecto a varios aspectos de la siesta. A saber: la siesta no es un momento de descanso —momento que puede variar entre doce y doce, doce minutos a doce horas—. No.
    La siesta es la más pura expresión de una conciencia tranquila, más allá incluso de lo interesante que pueda ser una película de esas de superlacrimositragedias de sobremesa o lo incómodo que es la doble cruz del ganchillo.
    Conciencia tranquila = siesta superlativa. Y de paso, un buen rato de meditación trascendental.

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