Microfotorrelato. Hoy: Cría cerdos.

Soy una mala persona. Sí, después de darle muchas vueltas, he llegado a la única conclusión posible: mi naturaleza es dañina, depredadora y egoísta. Y es duro reconocerlo, pero mi manera de ser arruinó la vida de mis padres. Durante mi adolescencia me encargué de pisotear sus sueños de juventud, destrocé con mis propias manos su imagen de un hogar idílico, y me meé en cualquier plan y aspiración que tuvieran para mí. Me doy cuenta ahora, cuando ya es demasiado tarde. Daría lo que fuera por poder volver atrás en el tiempo y ahorrarles todo el sufrimiento que les procuré desde el fatídico momento en que mis hormonas se revolucionaron y empecé a mudar la piel de niña a adulta, del mismo modo que lo hacen las serpientes.

Papá, pobre papá, se pasó la vida suspirando y tragando saliva cada vez que hacía una barrabasada. Por ejemplo, cuando llegaba borracha (y drogada) a casa, de viernes a domingo (al principio, después los lunes, martes, miércoles y jueves, también), y yo tenía el cuajo de decirle, mirándole a los ojos, que me habían sentado mal las dos (doce) cervecitas que me había bebido porque no estaba acostumbrada. Él, siempre me creía, supongo que viendo en esos ojos no los de una desgraciada mentirosa y borracha, sino los de su pequeñina, la que le daba besos en un papelito para que fuera cogiendo y le duraran todo el día. La niña que le decía que le quería y le daba abrazos. Y él, suspiro que viene y suspiro que va, y en cada uno se le iba escapando un poco la juventud y el alma, hasta que su cuerpo se quedó vacío, recubierto por un caparazón duro como una piedra. Y al final le daba lo mismo cómo llegara a casa. O que no llegara.

En cuanto a mamá, ella era más locuaz y vivaracha, como yo, y por eso mismo chocábamos más. Si me hubieran dado una peseta por cada pescozón o cada colleja que me propinó, ahora sería millonaria. Su especialidad era la guerra psicológica: “ven, ven aquí que no te voy a pegar” , y su disciplina favorita, el lanzamiento de zueco asturiano (no usaba pantuflas, decían que eran para blandengues), con efecto mortífero. Una puntería para ir a los juegos olímpicos tenía. El problema es que, con cada pescozón, con cada colleja, con cada zuecazo, se iba agotando su saldo de amor, y al final se convirtió en una vieja resentida y su corazón, en una mojama reseca y arrugada.

Un muerto en vida y una amargada. En eso transformé, yo solita, a mis pobres padres.

Por eso yo no voy a tener hijos.

Ahora lo tengo claro. Simplemente, no soportaría tener hijos que se parecieran a mí, que toda mi inversión en amor fuese pisoteada por un mocoso en cuanto empezase a salirle pelo en el cuerpo o se le inflasen los pechos y redonderan las caderas. No. He decidido seguir una de las máximas de mamá: “si tu padre me hubiera hecho caso, y en lugar de tenerte a ti nos hubiéramos comprado un cerdo, al menos ahora tendríamos un buen jamón y colgando de un gancho en la cocina y unos buenos chorizos para añadir a las lentejas”.

Por eso, el día que nos casamos, mi cari y yo nos compramos un par de cerdos, macho y hembra, la parejita. A mi cari le parece bien que no tengamos hijos, de hecho, forma parte de nuestro plan de vida: viajar libres por el mundo, sin ataduras, con un par de cerdos, a los que criaremos, sacrificaremos, y de cuya carne viviremos. Porque de un cerdo se aprovecha todo. Y cuando nos los hayamos comido, vuelta a empezar.

Y yo, pues voy a poner todo de mi parte, porque quiero una vida sencilla y tranquila, hacer feliz a mi cari, criar a mis gorrinos… La verdad, podría estar horas hablando de ellos: Peggy es supergraciosa y muy lista ¿pues no me trae las zapatillas por las noches? Yo diría que me entiende cuando le hablo. Y Porky, es la risa Porky. Cuando estoy tumbada en el camastro, se acerca y me hace cosquillas con su morrito para que juegue con él. Y algunas noches, hasta me he descubierto cantándole una nana para que se duerma. Y mi cari, que parece que no, pero es el que más se preocupa por ellos, esta mañana le ha dicho a Peggy “cómete el pienso que se le van las vitaminas”. Y cuando Porky ha salido a jugar fuera de la caravana, le hemos puesto una rebequita por si refrescaba. Y esta tarde Peggy se ha puesto un poco terca con un trozo de rueda que se ha traído del vertedero, y yo le he dicho “ahora no, que luego no cenas”, y como ella insistiera, he añadido “porque no” , “porque lo digo yo” y “mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo te diga”, y en vista de que no cejaba en su empeño de comerse esa basura roñosa, he zanjado la discusión con un tajante: “ni neumático, ni neumática” mientras le lanzaba una de mis pantuflas. Pero nos hemos reconciliado enseguida, porque yo no soy una rencorosa, como mi madre.

La verdad es que Porky y Peggy son un amor. Pero no nos vamos a encariñar con ellos, porque en unos meses les tenemos que dar matarile. Y la verdad, no creo que fuera capaz de hacerlo si les acabo queriendo.

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2 comments

  1. Ricardo Ruiz · mayo 1

    Relatos de amor y cambio, es entretenido, gracias por compartir

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  2. Estrella RF · mayo 1

    Jeje, ¿porqué me recuerda tantas cosas…?
    La vida se repite una y otra vez y aunque tú lo dices con mucha gracia, no tiene maldita gracia las amarguras que provocamos cuando somos unos niñatos ni las que nos provocan a nosotros cuando ejercemos de padres.
    Buena solucion la de los cerditos, pero ¡pobrecitos! criarlos con todo mimo (con zapatilla incluida) para llevarlos luego a la cazuela… no sé yo.
    Un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

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