Microfotorrelato. Hoy: El hechizo

La veía a diario, apoyada en la pared, con los ojos vendados, sosteniendo en las manos un ramito de flores, esperando no se sabe qué o a quién. La mayoría pensaba que a la muchacha se le había ido la cabeza, sin embargo él, que había leído muchos libros, sabía perfectamente lo que pasaba: la chica estaba bajo el influjo de un hechizo. Y él se propuso averiguar cómo romperlo. 

Intentó preguntárselo directamente, claro, pero ella nunca, jamás, contestaba. Aún así, todos los días al salir del instituto, pasaba por su casa, y lo intentaba. Aunque al final siempre terminaba hablándole de sí mismo, de su vida, de sus anhelos e inquietudes,  durante horas. 
Y, aunque ella jamás le diera esperanza alguna, él acabó enamorándose perdidamente. Así que un día se armó de valor, acercó sus labios a los suyos y le dio un beso de amor verdadero. Y entonces, ocurrió: ella rompió a llorar, y a reír al mismo tiempo. Y él también, lloraba, y reía, mientras desanudaba torpemente el pañuelo que ocultaba sus ojos. Lo había intentado, sin éxito, cientos de veces, pero en esta ocasión, pudo deshacerlo sin problemas. 

Lamentablemente, a partir de ahí, las cosas no salieron como él esperaba. 

Al retirar el pañuelo, en lugar del par de espejos en los que él esperaba verse reflejado, se encontró frente al vacío de dos agujeros negros, salpicados de gusanos. Intentó salir corriendo de allí, pero el perro pachón que hasta ese momento había permanecido siempre durmiendo, comenzó a gruñir, mostrándole varias hileras de dientes y una lengua bífida, e impidiéndole el paso. 

Él retrocedió hasta que la pared le impidió seguir haciéndolo. Sin darle tiempo a reaccionar, las gallinas empezaron a darle picotazos en los ojos. Enseguida notó cómo la sangre caliente comenzaba a rodar por sus mejillas. 

Después sintió fue como alguien anudaba un pañuelo alrededor de su cabeza y le ponía un ramo de flores entre las manos. 

Después, una chica, susurró en su oído un “lo siento” y un “gracias”. 

Después escuchó el sonido de unas chanclas sobre la gravilla: clap clap clap clap, alejándo a su dueña de allí como alma que lleva el diablo. 

Después silencio y oscuridad. 

En cuanto a los ojos, pues le dolían, claro, pero no tanto como el corazón roto.

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One comment

  1. anisioluiz2008 · mayo 12

    Reblogueó esto en O LADO ESCURO DA LUA.

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