Solo amigos 

La intención de seguir siendo solo amigos se va al traste cada vez que ella, sin darse cuenta, roza su mano. Él, alentado por el intenso aleteo de las mariposas que, invariablemente, se produce en su interior cada vez que esto sucede, acaba intentando besarla. Ella, tras hacerle la cobra, sonríe con picardía y se muestra siempre igual de tajante: su relación es demasiado especial como para estropearla yendo más lejos. Y él, resignado, se conforma porque, qué le va a hacer, la ama con todo su ser.

Pero hay una cosa que él no sabe y es que, aunque ella no se sienta en absoluto atraída por su físico, necesita su compañía desesperadamente, y no va a renunciar nunca, jamás, a su amistad, porque le encanta que él le escriba versos —una faceta suya que la mayoría desconoce— que la mire ‘de esa manera’ y, sobre todo que la haga reír, cosas que su novio, obsesionado con sus bíceps y con la explotación de las fincas de espinacas hiperférricas transgénicas, hace mucho que no se esfuerza en procurarle. Por eso, cada cierto tiempo, cuando se da cuenta de que su amigo está algo distante, porque ha conocido a alguien, como ocurrió hace un par de semanas —no hay modo de mantener alejadas a esas pájaras— o simplemente porque está algo deprimida y necesita un subidón de autoestima, Olivia decide rozar de nuevo la mano de Brutus, así, sin darse cuenta…

Frases de madres del siglo XXV – (II)

—Máma, dame 500 pruskins para echarle plutonio al teletransportador, que este finde quiero llevar a mi churri a que vea los Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser.
—¡Pero bueno! ¿Será posible? ¿Pero tú qué te has creído, que soy el Banco de las Repúblicas Federales Ibéricas? Me tenéis harta. Un día de estos cojo la compuerta y me voy.

Método revolucionario para rejuvenecer

Siento ser yo el que os lo comunique, pero a estas horas el domingo ya ha sido mordido e infectado por el virus de la productividad y está a punto de convertirse en un monstruoso y aterrador lunes, que se alimentará de toda la diversión y descanso que hayáis acumulado durante el fin de semana y os exigirá toda la atención y esfuerzo de vuestros cerebros (cereeeeebrooossssss)  para acometer vuestras ocupaciones. Es el ‎’The Walking Monday’.

Conmigo el lunes tendrá que tener un pelín más de paciencia de la habitual, pues con el domingo, acaban también mis vacaciones. Parece que fue ayer cuando salí de la oficina dando vueltas con los brazos abiertos como Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas y, cuando me he querido dar cuenta, ya ha pasado una semana. Hay situaciones en las que el tiempo pasa despacio pero, desde luego, las vacaciones no es una de ellas:

Qué rápido pasa el tiempo… Menos cuando:

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1) Le secas el pelo a tu hijo con el secador.
2) Miras pasar los segundos mientras calientas algo en el microondas.
3) Te toca la señora entendida en melones justo delante de ti en la frutería
4) Hacen la pausa publicitaria de ‘volvemos en 6 minutos’ de Antena 3.
5) Observas la tostadora para controlar que la tostada no se carbonice.


Entonces no, entonces se hace ETERNO.

En fin, el caso es que acaba una semana dedicada a disfrutar de mi familia y donde he practicado a conciencia el noble arte del dolce far niente y, como no, el del dolce far comer piú de la cuenta… mientras intentaba no caer en el ‘dolce qué rica está la mona de Pascua… chomp, ñam… me da todo igual… grompf, ñiam… que me quiten lo bailao, como si me tienen que poner un balón gástrico’ que he perdido 15 kilos y oye, aunque me cae muy bien, no es plan de pagarle la jubilación al dietista a base de recaídas. (Sí, curioso, ¿verdad? Ha sido cumplir 40 años y empezar a cuidarme). 

Como, durante este lapso vacacional, no me ha tocado la lotería (cosa asaz difícil, pues no juego), no tengo otra alternativa que volver al tajo. Tenemos que comer los tres y alimentar a también a Angustias, nuestra hipoteca, que traga que no veas. Come más que yo, la muy ansiosa.

Aunque después de tantos años, la verdad es que le hemos acabado cogiendo cariño. Con Angustias nos ha pasado como con ET el extraterrestre, que es más feo que Picio, sí, pero que a fuerza de mirarlo, acaba cayéndote simpático. Ahora que lo pienso, las analogías entre Angustias y E.T. no terminan aquí: E.T. decía “mi caaaaasa” y la hipoteca también…sobre todo si no la pagas.

ghostbusters800

!Hola!!Shoy Angushtias!!GÑE!!TENGO HAMBRRRRREEEEEE!! ¿Ya habéish cobrao?

En fin, con el fin de las vacaciones llega el momento de volver a llevar pantalones (parezco un heavy) y de afeitarme. Por mi trabajo, me tengo que afeitar todos y cada uno de los días del año, así que, cuando estoy de vacaciones, no consiento que una cuchilla toque mi mentón y me convierto en un hipster temporal discontinuo. 

Afeitarme el día de antes de volver al trabajo supone todo un proceso en el que invierto mucho tiempo, media bolsa de maquinillas de afeitar, y en el que me inflijo a mí mismo varios cortes y erosiones mientras maldigo mi falta de precisión y pericia con profusión de palabras malsonantes. Si mientras me afeito pronunciara conjuros en lenguas muertas podría pasar perfectamente por un chamán ejecutando un ritual para limpiar mi cara de energía negativa y pelos mediante la pintoresca técnica del desangrado facial. Pero, en contrapartida, hay una gran ventaja. La barba envejece, y cuando te afeitas te quitas unos añitos de encima como por arte de magia (y, en mi caso, hasta se me aclara el color de los ojos, oiga). ¿Que no? Mira, mira…

collage

Amor choni

Y un día, mientras estaban en el polígono pasando el rato, ahí to de buenri con sus trons, ‘Shu moRenNitoh to sHuloo’ y ‘Sha Canih to huaPaAah’ se miraron a los ojos, y él sintió como si, de golpe, todas las estrellas del universo infinito titilaran a la vez dentro de su pecho, y ella como si los cálidos rayos del sol de la mañana hubieran comenzado a derretir el hielo que, hasta ese momento, envolvía su corazón, y ambos se estremecieron y, de repente, miríadas de mariposas de los más hermosos colores aparecieron de la nada, y comenzaron a revolotear a su alrededor. Y después se enrollaron en el buga tuneao del Surmanoh Er Pelusa y, al ritmo de “A mí me gusta el Biodiesel, dame más Biodiesel mientras Perreas, mami, todo, papi, rico, perrear,
perreame, me gusta, muévelo,” el temazo electro latino del momento, se fumaron un peta del tamaño de un pepino con suh premohs Er negro, Er cabesa, Er gordo, Er chino, Er pitu y Er Nano, y se juraron amor eterno.

Cuarentañeros que deciden salir “de marchuqui” por los “garitos” a los que solía ir “la peña” a “privar” y “mover el esqueleto” en sus tiempos.

Cuarentañeros que un día, vaya usted a saber porqué (¡con lo a gustito que se está en casa viendo maratones de Netflix!), deciden dejar a los niños con los abuelos y salir a cenar y a dar una vuelta y que, a eso de las dos de la mañana —que a juzgar por lo que les duelen los pies y la ciática parecen las cinco—, tienen la ocurrencia (ebrios de nostalgia, y probablemente de gintonics), de salir “de marchuqui” por los “garitos” a los que solía ir “la peña” en sus tiempos mozos, a “privar” y “mover el esqueleto” esto es: cuando se llevaban los pantalones por los tobillos, las chaquetas vaqueras con el cuello de borreguito, zapatones y calcetines blancos con su rayita roja y azul y sus raquetitas, y se bebían cosas de colores variopintos en vasos de litro sin importarles consumir también una importante cantidad de las babas de sus compañeros de bebercio. Esa época en la que había apenas dos marcas de ginebra y se bebía siempre con coca-cola (CubaLibre), y la tónica era un brebaje amargo consumido masivamente por la gente abstemia al alimón con el Bitter-Kas.Y que se dan cuenta con horror —los cuarentañeros, sintiéndose cada vez más cuarentones— de que los antros que no están cerrados y ahora albergan un Corte Chino, han cambiado de nombre y definitivamente de ambiente, y que los que ahora bailan —válgame el señor— MIENTRAS MIRAN SUS MÓVILES , huelen la decrepitud de los recién llegados a kilómetros y cuando los ven entrar, en lugar de gente madura de espíritu joven ellos ven a seres de otra galaxia o a unos ancianos decrépitos que se han perdido de camino al festival de coreografías del hogar del pensionista.

Poniendo la oreja en la cafetería me asaltó la nostalgia, ya ves truz.

Estaba esta mañana en una de las cafeterías con más solera de Priego, tomándome un café con leche (en vaso, por supuesto) y un mollete con jamón serrano y un AOVE prieguense espectacular, cuando a mi lado, una chica de veintitantos años le ha preguntado a la camarera que dónde podía encontrar algún lugar en el que comprar productos típicos de Priego. La barista le ha dado las indicaciones pertinentes, pero se notaba que a la chica que había preguntado le quemaba algo por dentro: “Verá -le ha insistido a la camarera- es que mi abuela era de aquí, y cuando yo era pequeña ella me daba una especie de tubos de chocolate, había de dos tipos, y venían envueltos en papel brillante amarillo y plateado, y quisiera ver si los encuentro”. La chica tras la barra sabe enseguida a lo que se refiere (y yo también) : “Lo que buscas es chocolate de bollo…”. La clienta duda, no está segura de si será eso lo que ella anda buscando, pero entonces la camarera pronuncia la palabra mágica: “Turrolate”. Al escucharla, a la joven se le ha iluminado la cara, (lo sé de primera mano, porque a esas alturas yo ya hacía un rato que había dejado de leer y estaba presenciando la escena abiertamente, sin perder detalle y con la palabra “Turrolate” a punto de salir de mi propia boca si la camarera no la pronunciaba) y no ha podido reprimir la emoción: “¡Sí, sí, eso es, Turrolate!”. Automaticamente, una sonrisa bobalicona se ha instalado en mis labios y, caramba, no sé si es que estoy ya llegando a la andropausia, si me falta alguna vitamina, o qué diantres me pasa, pero ha faltado el canto de un duro para que se me saltaran las lágrimas allí mismo. Me ha emocionado, sí, porque al final a todos nos ocurre lo mismo. Cuando eres un crío no eres consciente de las cosas que van a traspasar la barrera de lo anecdótico y te van a acompañar por siempre. Después, al crecer, las vas descubriendo y tratas de recuperar como sea esas sensaciones, de abrir por unos instantes el frasco de las esencias que atesoramos durante la infancia, las más agradecidas y puras, pero también las más efímeras y difíciles de rememorar. 
La verdad, a mí el Turrolate no me volvía loco (los barquillos de La Flor de Mayo, sí, esos anulan mi voluntad antes y ahora), de hecho tenía una relación de amor-odio con este dulce típico, otro día os cuento el motivo. Pero el caso  es que después de que la chica se hubiese marchado feliz a reencontrarse con su niña interior, yo mismo he tirado del hilo del Turrolate  para reencontrarme con el mío y me he descubierto añorando a los que ya no están, a mi abuelo Francisco, que me hacía pajaritas de papel, y a mi abuela Francisca, de la que siempre he admirado su espíritu libre, que hacía una tarta de zanahoria para morirse, que era la primera con el “gen adorador de gatos” que abunda en mi familia y que ha heredado mi hijo, y que cuando exclamaba su “¡Arsa Pirili” le alegraba a uno el alma, y me acuerdo de mi abuela Salud, que hacía un Piñonate que para sí quisieran los mindundis chefs estos que abundan ahora por todas partes, que la recuerdo siempre sonriendo y que su espíritu era eminentemente alegre y optimista, a pesar de haber tenido una infancia muy difícil. Yo siempre la he admirado por eso, por luchadora. Y en casa de todos ellos comí yo Turrolate, sí. Por eso, acabas un día buscándolo por el pueblo de tu abuela, a la que echas de menos, y si lo consigues, piensas que te sentirás un poco más cerca de ella, como le pasa la chica de la cafetería.
Bueno, eso es lo me gustaría a mí. Es lo que tiene imaginar lo que le pasa a la gente por la cabeza, extrapolando lo que pasa por la tuya…
Porque igual lo que ha ocurrido en realidad es que a la chica, que estudia para chef moderna, el Turrolate le causó una honda impresión sensorial y gastronómica cuando era niña que no ha podido olvidar y oye, en cuanto ha tenido oportunidad se ha recorrido cientos de kilómetros para saborearlo de nuevo, y añora a su abuela porque, aunque está vivita y coleando ya no viene por Priego ni le trae Turrolate por que se ha echado un novio inglés 25 años más joven, ha roto con la familia y se ha mudado a Bristol. Qué se yo.

Pd: en la foto de arriba el turrolate de toda la vida. Abajo, “gachas de la abuela con chocolate y crema de Turrolate y almendras”, postre que después de las señales que había recibido durante el desayuno me vi obligado a pedir para rematar la comida en uno de los restaurantes de Priego. Todo lo que haga falta por destapar  un rato el frasco de las esencias de la infancia…