Póngame un helado de búho moribundo, por favor…

Ayer, paseando por la bellísima Granada, nos paramos en el escaparate de una heladería bastante pintoresca. Cada sabor venía con su atrezzo correspondiente. Hasta aquí todo relativamente normal, excepto para los muy escrupulosos, que automáticamente se preguntarán si todos los cachivaches instalados directamente encima del helado habrán sido debidamente desinfectados —sé de lo que hablo, vivo con una de esos especímenes—, o de los curiosos, que se preguntarán también de inmediato, de qué demonios estará hecho el helado de ‘pitufo’ o de ‘minion’, si sus ingredientes habrán tocado tierra alguna vez, o por el contrario, habrán sido creados en un laboratorio, como la araña que picó a Spiderman (sí, ese soy yo).

El caso es que la decoración en algunos casos, podía resultar afortunada, pero en otros, causaba hilaridad, lo que a mí me viene muy bien, porque a pesar del abismo generacional que cada vez más se interpone entre mi hijo y yo, resulta que, vayan ustedes a saber por qué, le hago gracia y se descojona con mis ocurrencias. Un arma de doble filo, he de decir, porque no todos los públicos son tan agradecidos cómo él, y cuando he tratado de extrapolar los chascarrillos que a él le provocan lágrimas de risa a otros foros, mis ocurrencias suelen causar caras de estupor y arbustos del oeste rodando en un campo yermo y desierto de sonrisas.

Y es por esto que cuando vimos que el helado de piña llevaba encima un búho moribundo (hecho con una piña que debió ser recolectada en algún momento impreciso del siglo pasado), el de limón con unas tortugas-escarabajo que no invitaban precisamente a su consumo (mucha venta, como podéis observar, no está teniendo, igual tendrían que replantearse la estrategia con el limón, y poner un limón a secas, a veces menos es más), o el helado de chocolate picante, con unas guindillas incrustadas en él, (que deben haber sido cultivadas en la vega de Chernóbil y que bautizamos enseguida como ‘helado de uñas de satán’), pues nos entró la risa floja. Y me puse a hacer fotos para ilustrar aquel despropósito de escaparate y por ende, este despropósito de escrito.

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Y es por esto que cuando vimos que el helado de piña llevaba encima un búho moribundo (hecho con una piña que debió ser recolectada en algún momento impreciso del siglo pasado), el de limón con unas tortugas-escarabajo que no invitaban precisamente a su consumo (mucha venta, como podéis observar, no está teniendo, igual tendrían que replantearse la estrategia con el limón, y poner un limón a secas, a veces menos es más), o el helado de chocolate picante, con unas guindillas incrustadas en él, (que deben haber sido cultivadas en la vega de Chernóbil y que bautizamos enseguida como ‘helado de uñas de satán’), pues nos entró la risa floja. Y me puse a hacer fotos para ilustrar aquel despropósito de escaparate y por ende, este despropósito de escrito. Mientras inmortalizaba este paradigma del más vanguardista arte culinario contemporáneo (cuánto daño ha hecho Masterchef), unos chavales ya curtiditos, de los que están empezando a conocer otros significados de la palabra ‘entradas’ se acercaron y comenzaron a hacer fotos también. Yo que me había venido arriba con las risas de mi heredero, pensé: mira, he creado escuela. Y sacando al marujo que todos llevamos dentro, observé por el rabillo del ojo cuál era el objeto que pretendía inmortalizar uno de esos viejóvenes. ¿Sería el helado de buho moribundo, el de cucaracha espacial, el de uñas de satán? Pues no, el hombre estaba disparándole bolas a un Pokémon. Cuando lo cazó, se dirigió a sus colegas y se acercaron a pedir un helado.

No es menester un gran análisis para esta situación. Ni hay moraleja, ni por supuesto crítica. Tanto él como yo estábamos cazando. Yo, algo con lo hilvanar una historia, el otro, seres digitales ficticios que puede sonar extraño, no te digo yo que no, pero que son un juego más, un divertimento como cualquier otro. Ahora que lo pienso, quizá el buho moribundo no era tal. Igual era un Picachu, oye.

Padres repelentes. Hoy: A ver si nos forramos con el nene.

A ver… Esto es como todo. Si el nene tiene aptitudes singulares en algún área artística, puede ser que te forres. Si el nene es una castaña, ya le puedes poner empeños que lo único que conseguirás será, a corto plazo, un niño traumatizado, y a largo, una plaza en el asilo de tu elección, (o en el más baratito, depende del grado de trauma que le haya quedado al proyecto de niño prodigio).

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Doña Engracia se da cuenta, demasiado tarde, de que jamás debió animar a su hijo a presentarse a Masterchef

Si decides pasarte el consejo del párrafo anterior por el forro y  tu máxima aspiración en la vida sigue siendo convertir a tu nene en una estrella, porque tu niño no es como los demás y bla, bla, bla… debes tener algo claro, los padres tenemos una peculiaridad, por lo general, bastante destructiva: no somos objetivos. Tenemos delante de nuestros ojos un muro de amor incondicional compuesto de ladrillos, hormigón y acero que nos lo impide. El secreto del éxito consiste en escalar ese muro y ver a nuestros retoños desde una perspectiva diferente. Sólo así conseguiremos no hacerles daño.

Si tienes un proyecto de niño prodigio en casa probablemente te estés preguntando:

¿Y cómo sé que puedo llevarlo a la tele sin que haga un ridículo estrepitoso y  me odie por ello para la eternidad?

Amigo, si te haces esta pregunta, hazme caso, no lo lleves.

Si aun así, el amor paterno -o uno o varios de los pecados capitales-, te impide reconocer que tu hijo tiene alojada una granja de gallos en su garganta, yo te voy a ayudar con un ejemplo muy gráfico. Si tu nene canta como en el vídeo que verás un poco más abajo, NO LO LLEVES A LA TELE. No te vas a forrar y todos te señalarán por la calle y murmurarán a tus espaldas ‘mal padre’.

También se podría dar el caso de que tu peque haya visto un cóctel letal compuesto por las tres partes  (¿O cuatro, cuántas son?) de High School Musical, la peli de Camp Rock, la de Hanna Montana, y todo OT, La Voz y una maratón de musicales Disney,  y como resultado, en su cabeza vocecitas le aseguren que está llamado a ser el nuevo Troy Bolton, el nuevo Bustamante o la Princesa DragQueen Elsa de Frozen.

ESTO ÚLTIMO SE MERECE UNA DIGRESIÓN: porque no me negaréis que la Princesa Elsa, dando rienda suelta a sus impulsos reprimidos tras años de tener las manos dentro del armario, digo… del guante, es de reinona total y que el ‘Libre soy’ (o ‘Suéltalo’ según donde la hayan ustedes visto, si a este o al otro lado del océano), es un himno de lo más gayer (cuidao, nada que objetar al respecto, ¿eh? Viva el amor, sea con quien sea y venga de donde venga). ¿Que no estáis de acuerdo, decís? Anda, que no…  😀

Bueno, pues nada, salgo del jardín en el que me he metido yo solito, y sigamos: si es tu hijo el que quiere ir a la tele a toda costa y tú ves claro el desastre, intenta boicotearle escogiendo una o varias de las frases del Libro Sagrado de los Padres, página 33:

-‘Mientras vivas en mi casa harás lo que yo diga’

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-‘Cuando seas mayor de edad podrás hacer lo que quieras’ (Nota: cuando la criatura haya cumplido los 18, usar la frase anterior)

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-‘En esta casa no hay democracia. Yo no hice campaña para ser tu padre. Tú no votaste por mí. Es lo que hay, te guste o no.’

Te odiará, sí, pero al menos tú tendrás la conciencia tranquila.

Pero vayamos al ejemplo, que es lo que todo morbosillo de pro está esperando desde hace varios párrafos. La niña del vídeo participa en una especie de ‘Tienes talento’ interpretando el aria ‘La reina de la noche’ de ‘La flauta mágica”.Si Wolfang Amadeus Mozart levantara la cabeza, soltaría una risa escandalosa e histérica y volvería a espicharla rápidamente al ver que una niña con voz de gato está maullando su tema. 

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Éste vídeo tiene tanta miga que no se por dónde empezar. En el minuto 1:30 pasan unos letreritos a toda castaña. Eso son ‘los estratosféricos precios de los msm en los que hay que poner ‘Salvar Niña que canta mumal’ al 5546′, pensé yo, pero no. Esos salen en el minuto 0.30 y lo hacen a tal velocidad que ni Flash Gordon sabría cuánto le van a cascar por enviar el dichoso mensajito. A lo que iba: los letreritos. Le he dado al ‘Pause’ y resulta que son los créditos de ‘La reina de la noche. Según éstos el autor es un tal ‘Pedro Manuel Guerra Mánsito’. Toda la vida pensando que era de Mozart y, ya ves, que equivocados estábamos todos.

Decido seguir investigando  y resulta que ‘Pedro Manuel Guerra Mansito’ es el cantautor Pedro Guerra. El autor de ‘Contamíname’ o ‘La lluvia nunca vuelve hacia arriba’. Es el de la foto. Cómo podréis comprobar es de belleza huidiza. Pero rezuma talento por sus cuatro costados. Es un cantautor como la copa de un pino.

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Ñej, ñej…¡Cu-cú!

Sigamos. Resulta que Pedro Guerra tiene, efectivamente, una canción que se llama ‘La reina de la noche’ y que dice cosas como:

La reina de la noche como la Norma Jean

tiene rubio el escote y sabor a carmín.

Sin embargo, ‘La reina de la noche’ de Mozart dice cosas como:

La venganza del infierno

hierve en mi corazón,

la muerte y la desesperación

arden a mí alrededor

Como podéis comprobar no tienen nada que ver. Así pues de esto deduzco que el redactor de turno se ha ido al Google, ha tecleado ‘La reina de la noche’,  le ha dado a ‘Voy a tener suerte’ y lo que le ha salido, lo ha dado por bueno. Profesional de los buenos, si señor. Menos mal que la búsqueda le devolvió una canción del Guerra y no el anuncio on-line de…

Margot. ‘La reina de la noche’.

150 de pecho. Fruta madura. Boca juguetona.

Te lo come todo por 20 euros.

En fin, corramos un estúpido velo. Releo lo escrito y si fuera un lector ajeno a mis circunstancias pensaría: ‘A este chico le falta un hervor’. Pues tenéis razón. ¿Dónde está la pastilla? Glup. Ya.

Sigamos.

Y ahora es cuando me desahogo, por que esto me indigna. Sólo por la carita que hace la niña en el minuto 1:20 sus padres merecerían ser lanzados a un corral de gallinas locas y salvajes que les picoteen las entrañas con el mayor de los sufrimientos.

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Hummm… Co-co-cócmo me apetece picotearle el hígado al padre de la niña que ca-ca-canta como la tía Ambrosia. 

Al final pasa lo que tiene que pasar , la pequeña no aguanta  la presión y se marcha llorando. Cada una de esas lágrimas debería ser como un puñalada en el corazón de sus padres (melodramático me ha quedado esto). Porque no dudéis ni por un segundo que la culpa, por supuesto, es de los padres, en primer lugar por no darse cuenta de que la niña no tenía ninguna posibilidad,  y en segundo lugar por lanzar a su preciosa hija a los perros.  Me da un repeluco impresionante que un grupo de adultos, para rellenar unos minutos de programación, se haya aprovechado de una niña que no es que cante mal , es que tiene seis años y está interpretando un aria que requiere de un grado de virtuosismo importante.

Además, esto no se puede achacar a un error de cálculo. Que nadie se engañe, en televisión está todo más que atado. Y lo mejor de todo es que el jurado ese, que parece que lo han sacado de un baúl de los años 70, se permite caer aun más bajo apretando el botoncito a mitad de actuación. Pedazo de sabandijas miserables, ya que os aprovecháis de ella, al menos DEJADLA ACABAR, aunque cante como una cabra del averno o el mono Canelo, da lo mismo. Es sólo una niña de seis años…arf…arf…Ahora a ver cómo me las ingenio para que la vena del cuello vuelva su tamaño normal…

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♫ IEIEEEEO ♫ IEIEEEEO ♫ Mi corazón me susurró a mí no vuelvas sin su amorrrrr ♫ 

Si los padres son como Dios manda, habrán aprendido la lección. Y si no, pues veremos a la niña en el Factor X o en ‘Matalascañas tiene Talento’, o algún clon similar,  hasta que maten todas sus ilusiones.

Moraleja: Que desde pequeñitos nos venden con mucha maña aquello de ‘cumplir nuestros sueños’ y ‘luchar’. Pero un poquito de sentido común es el ingrediente que le da el punto perfecto al plato de los sueños y hace que esté rico-rico y nos produzca una buena digestión. He dicho.

Los niños que tiran petardos…

Cuando, durante las fiestas patronales, vas dando un agradable paseo por la ciudad concentrado en tus movidas internas, y una adorable criaturita de no más de siete años a todas luces asilvestrada, pobre, te tira a los pies un petardo del tamaño de un calabacín que, al explotar, produce una detonación de tal calibre, que provoca la muerte de centenares de palomas, el transtorno de todos los perros de los alrededores y a ti, por una cuestión de cercanía al petardo-pepino en cuestión, te revienta ambos tímpanos y te provoca dos docenas de microinfartos múltiples. En contrapartida, al pequeño Unabomber tirapetardos, tu reacción le provoca un ataque de risa y si tú, herido en tu orgullo, le dices algo, te amenaza con llamar al abogado de su familia para que te empapele o a los Miami para que te apalicen en función de su background familiar. Y tú que te achantas, claro, sigues tu camino respirando profundamente y repitiéndote el mantra ancestral del relax en 6 segundos que aprendiste del gran Carl Winslow en “Cosas de casa”, que utilizaba cada vez que Steve Urkel le sacaba de quicio: “1,2 y 3, yo me calmaré, 4,5 y 6, todos lo veréis” con el objetivo de que la tensión te baje de 16, tu cerebro se relaje y le pida por favor le pida al corazón que vuelva a latir normal, y cuando al fin se relajan todos, vuelves a caer en una fase de reflexión profunda, y fantaseas con lo que harías con los padres de las criaturitas si, en lugar de un ciudadano decente y cabal, fueras un despiadado y trastornado Dios Grecorromano, un sanguinario Saturno por ejemplo. Y así… hasta que un petardo, qué digo petardo, una granada del tamaño de una berenjena cae de nuevo en una suerte de deja-vu cruel e infinito,  justo delante de tus pies.

Y, mientras tanto, en casa de la familia redicha y ultrapolíticamente correcta…

—¡Papá, papá, cuéntanos un cuento antes de ir a dormir!¡Porfi, porfi!

—Claro, hijitos, será un placer. Veamos… ¿Cuál preferís? Id levantando las manitas cuando los vaya enumerando para, mediante el cómputo de vuestros votos, en mayoría simple, y en primera y única vuelta, pueda saber vuestro favorito y proceder a su lectura teatralizada. ¡Vamos allá, guapis!:

¿“El ánade de belleza singular”? 1,2,3,4,5… 6 votos.

¿“Hansel y Gretel y la casita de frutas, verduras, aminoácidos esenciales y omega 3”? 1,2…bisbisbis…6 votos.

¿“El canis lupus y los siete cabritillos y cabritillas”? …6 votos.

¡Pero bueno!¡JOPELINES!… Habéis levantado ambas manos, los tres, cada vez y habido un triple empate. Cómo sois, pilluelos, habéis hecho trampitas y eso es mentir, y además, aturdido por el inesperado resultado de la votación me habéis hecho decir una palabra malsonante y alzar la voz. Mañana, después del almuerzo macrobiocósmico, haremos un fórum familiar para discutir vuestra actitud y tomar las medidas oportunas que nos harán, a buen seguro, crecer como familia y como personas. Pero bueno, sigamos con la elección del cuento ¿Cómo lo solucionamos? ¡Ya lo tengo! Hoy os contare uno nuevo:

¡”Caucásiconieves y los siete acondroplasiquitos”!

Bendita inocencia

De los creadores de “vamos a darle limón al nene para que lo chupe y verás qué careto pone” y los productores de “ponte la careta del fantasma de Scream y prueba a darle la papilla así, a ver qué hace”, llega ahora a sus pantallas la nueva superproducción de Malos Padres Entertaintment: “vamos a aprovecharnos de la inocencia de nuestro hijo para hacerle una foto que nos permita reírnos de él toda su vida, y acumule tal rencor que en cuanto cumpla los 18 años nos denuncie por escarnio público y un juez nos ponga de patitas en la calle y le dé a él todos nuestros ahorros”.

(Qué lástima no haber descubierto esta foto antes para que, ejem, “unos amigos” hubieran podido hacerle a su hijo una foto así de chachi, ñej, ñej).

¡FELIZ NAVIDAD!

En lugar de una anodina tarjeta os dejo con un trepidante y dinámico villancico que, a buen seguro, os pondrá los pelos de punta. Deleitaos con la argentina voz de Henrietta y con la pasión con que Merna susurra la canción. Merna no está al 100%, es cierto, pero es que la semana anterior el capitán del equipo de rugby la invitó al baile de graduación con el propósito de reírse de ella y echarle sangre de cerdo por encima delante de todo el mundo. Claro, ella tuvo que matarlos a todos con sus poderes extrasensoriales y eso, oye, cansa bastante…

¿Sí, dígame? No se oye nada papá. Debe estar roto…

Estábamos hace un par de días disfrutando del museo de Caja Granada cuando en una de las salas vi expuesto un teléfono de los de disco, de los que había cuando yo era pequeño, allá por el Pleistoceno.

APOSTILLA: observen que digo “había”, no “tenía”, porque cuando yo era niño, en mi casa no teniámos teléfono. De hecho, los que había a nuestro alcance se podían contar con los dedos de una mano: en la calle (cabinas, a lasque me molaba mucho entrar, para jugar a Superman, hasta que vi la peli de Mercero y López Vázquez), en el locutorio de Telefónica (un lugar lúgubre al que no me gustaba nada ir) y en casa de nuestra vecina Matilde, que era tan amable que nos dejaba usarlo para hablar con mis abuelos que estaban en el pueblo, en Priego de Córdoba, a más de 600 km. Que por cierto para concertar una cita para hablar por teléfono en el locutorio entre mis abuelos y mis padres, ¿cómo debian quedar?¿se escribían una carta antes para concretar el día y hora en que iba a tener lugar la conversación? ¿Telepatía? En fin, tengo que acordarme de preguntarle estos detalles a mis padres.

Bueno, el caso es que como soy bastante dado a las performances públicas, en cuanto vi el teléfono, raudo y veloz, dije:

—Hijo, te voy a hacer una foto con periféricos obsoletos. Coge el teléfono y di: ¿DIGAMELÓN?

Mi hijo, que en un porcentaje bastante elevado de las ocasiones ignora vilmente mis órdenes y hace falta que se las repita tantas veces que me hace temer por su salud auditiva (aunque lo descarto enseguida, porque cuando su madre y yo hablamos bajito de temas sensibles, él, desde la otra punta de la casa exclama: ¿DE QUÉ HABLÁIS?, lo que he de confesar, me da un poco de miedo, hasta el punto de que a veces me descubro pensando: ¿tendrá poderes?) o por mi falta de liderazgo paterno (lo más probable, porque aunque suene a tópico, en mi casa mando menos que el de los teclados de Camela), se lanza con sorpendente inmediatez a hacer lo que le digo, porque él también es mucho de performances. Así que, descuelga el teléfono y, ejem, se lo acerca a la oreja como veis en la foto, al tiempo que dice:

—¡Jajajaja! ¿Así papá, así?

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¿Está el enemigo? Que se ponga

 

REACCIONES:…estupor….. risa nerviosa… ¡Click! (hago la foto)…miro a Teresa y ambos emitimos un gran surtido de ‘Jajajaes’ y ‘Jojojoes’ demasiado agudos. Nos reímos con la boca, sí, pero si alguien nos hubiera mirado a los ojos… ¡ay!, entonces habría percibido en ellos nuestro miedo, el terror ante el paso del tiempo que se escapa, que fluye inexorable como los ríos que van a parar a la mar, que es el morir.

Y cuando las últimas carcajadas se van extinguiendo como estelas de estrellas fugaces, me vienen a la cabeza varios imágenes en forma de flashes:

1) Las señoras que cuando le dan un micrófono, en lugar de acercárselo a la boca, instintivamente se lo acercan al oído, porque no lo han usado nunca. Y causan hilaridad, pena y también ternura, claro.

2) Me veo a mí mismo, explicándole a mis nietos que aún uso dispositivos electrónicos táctiles de principios del siglo XXI, aunque ahora todos porten integrados chips intercraneales de última generación porque no me aclaro con su funcionamiento.

3)Y por último pienso en si, dentro de unos años, cuando mi hijo tenga mi edad y su propio hijo intente conectar el obsoleto puerto mental multimedia de mentevisión en el enchufe de la cafetera intergástrica de cápsulas biónicas Nespresso, mi hijo, también se reirá de él y después emulando a Don Hilarión, también dirá con un punto de tristeza aquello de que las ciencias (que es como decir los tiempos) adelantan que es una barbaridad.