Los niños que tiran petardos…

Cuando, durante las fiestas patronales, vas dando un agradable paseo por la ciudad concentrado en tus movidas internas, y una adorable criaturita de no más de siete años a todas luces asilvestrada, pobre, te tira a los pies un petardo del tamaño de un calabacín que, al explotar, produce una detonación de tal calibre, que provoca la muerte de centenares de palomas, el transtorno de todos los perros de los alrededores y a ti, por una cuestión de cercanía al petardo-pepino en cuestión, te revienta ambos tímpanos y te provoca dos docenas de microinfartos múltiples. En contrapartida, al pequeño Unabomber tirapetardos, tu reacción le provoca un ataque de risa y si tú, herido en tu orgullo, le dices algo, te amenaza con llamar al abogado de su familia para que te empapele o a los Miami para que te apalicen en función de su background familiar. Y tú que te achantas, claro, sigues tu camino respirando profundamente y repitiéndote el mantra ancestral del relax en 6 segundos que aprendiste del gran Carl Winslow en “Cosas de casa”, que utilizaba cada vez que Steve Urkel le sacaba de quicio: “1,2 y 3, yo me calmaré, 4,5 y 6, todos lo veréis” con el objetivo de que la tensión te baje de 16, tu cerebro se relaje y le pida por favor le pida al corazón que vuelva a latir normal, y cuando al fin se relajan todos, vuelves a caer en una fase de reflexión profunda, y fantaseas con lo que harías con los padres de las criaturitas si, en lugar de un ciudadano decente y cabal, fueras un despiadado y trastornado Dios Grecorromano, un sanguinario Saturno por ejemplo. Y así… hasta que un petardo, qué digo petardo, una granada del tamaño de una berenjena cae de nuevo en una suerte de deja-vu cruel e infinito,  justo delante de tus pies.

Y, mientras tanto, en casa de la familia redicha y ultrapolíticamente correcta…

—¡Papá, papá, cuéntanos un cuento antes de ir a dormir!¡Porfi, porfi!

—Claro, hijitos, será un placer. Veamos… ¿Cuál preferís? Id levantando las manitas cuando los vaya enumerando para, mediante el cómputo de vuestros votos, en mayoría simple, y en primera y única vuelta, pueda saber vuestro favorito y proceder a su lectura teatralizada. ¡Vamos allá, guapis!:

¿“El ánade de belleza singular”? 1,2,3,4,5… 6 votos.

¿“Hansel y Gretel y la casita de frutas, verduras, aminoácidos esenciales y omega 3”? 1,2…bisbisbis…6 votos.

¿“El canis lupus y los siete cabritillos y cabritillas”? …6 votos.

¡Pero bueno!¡JOPELINES!… Habéis levantado ambas manos, los tres, cada vez y habido un triple empate. Cómo sois, pilluelos, habéis hecho trampitas y eso es mentir, y además, aturdido por el inesperado resultado de la votación me habéis hecho decir una palabra malsonante y alzar la voz. Mañana, después del almuerzo macrobiocósmico, haremos un fórum familiar para discutir vuestra actitud y tomar las medidas oportunas que nos harán, a buen seguro, crecer como familia y como personas. Pero bueno, sigamos con la elección del cuento ¿Cómo lo solucionamos? ¡Ya lo tengo! Hoy os contare uno nuevo:

¡”Caucásiconieves y los siete acondroplasiquitos”!

🎶Pirubirubirubiiiirubirubirubirubirubirubiiiiii🎶

​Toma tu armónica cariño, la cafetería está semivacía, pero tú ponte cerca de ese atractivo madurito que está leyendo tan concentrado, disfrutando de su almuerzo literario, y le haces una sesión de improvisación de las tuyas, de esas que a mí en casa me dan ganas de arrancarme los tímpanos y hacerme unos pendientes,  pero que mi intuición, por que soy muy finoso…fisonom…mi intuición, me dice que seguro que él la disfruta, como si en lugar de presenciar una actuación que recuerda a un afilador de los 80 con problemas nerviosos, o a un mono borracho, estuviera ante el nuevo niño Mozart, y mientras, yo me salgo fuera a fumar y haré como que no existes. ¡Hasta luego, guapi!
 *Chip chip chip, la señora se aleja dando saltitos hacia su Nirvana de nicotina y paz. El atractivo madurito lector, coge su teléfono móvil y comienza a escribir…*

EXTRA: para los que por edad, o haberos criado en un monasterio budista en lo alto de una montaña, no sepáis de lo que va lo del afilador… Mirad, mirad abajo. Oye, es escucharlo y me retrotraigo derechito a los 80.

UuuUUUuuuhhhhh….Somos los niños malditos que no se comieron las lenteeEEEeeejaAAAaaas…

—Y los niños que no se comen las lentejas acaban en el escaparate de una tienda de ropa infantil del centro de Castellón, sin rostro, encerrados dentro de sí mismos con sus pensamientos, atormentados por toda la eternidad, pensando en lo que han hecho mal, mientras sus padres vuelven a comer y cenar tranquilamente, sin ese estrés que los carcome por dentro y los arrastra hacia una vejez prematura...

—¡Jajajajaja! Qué ‘pro’ eres papá. Que sigo a montones de YouTubers que me aleccionan sobre las cosas de la vida y no me trago lo de ‘que viene el Coco’ y todas esas milongas y amenazas baratas, y…

—…sin cara, sin ojos, sin boca, sin oídos…

—¡JAJAJAJAJA! Papá, es que me troncho contigo.

—…SIN TABLET

—¡AAARRRRRRGGGJJJJJJHHHHHHH!… ¡GRONF!…¡ÑIAM…¡COF,COF!…¡Glup!

*El niño se come las lentejas, casi sin respirar*

Padres repelentes. Hoy: A ver si nos forramos con el nene.

A ver… Esto es como todo. Si el nene tiene aptitudes singulares en algún área artística, puede ser que te forres. Si el nene es una castaña, ya le puedes poner empeños que lo único que conseguirás será, a corto plazo, un niño traumatizado, y a largo, una plaza en el asilo de tu elección, (o en el más baratito, depende del grado de trauma que le haya quedado al proyecto de niño prodigio).

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Doña Engracia se da cuenta, demasiado tarde, de que jamás debió animar a su hijo a presentarse a Masterchef

Si decides pasarte el consejo del párrafo anterior por el forro y  tu máxima aspiración en la vida sigue siendo convertir a tu nene en una estrella, porque tu niño no es como los demás y bla, bla, bla… debes tener algo claro, los padres tenemos una peculiaridad, por lo general, bastante destructiva: no somos objetivos. Tenemos delante de nuestros ojos un muro de amor incondicional compuesto de ladrillos, hormigón y acero que nos lo impide. El secreto del éxito consiste en escalar ese muro y ver a nuestros retoños desde una perspectiva diferente. Sólo así conseguiremos no hacerles daño.

Si tienes un proyecto de niño prodigio en casa probablemente te estés preguntando:

¿Y cómo sé que puedo llevarlo a la tele sin que haga un ridículo estrepitoso y  me odie por ello para la eternidad?

Amigo, si te haces esta pregunta, hazme caso, no lo lleves.

Si aun así, el amor paterno -o uno o varios de los pecados capitales-, te impide reconocer que tu hijo tiene alojada una granja de gallos en su garganta, yo te voy a ayudar con un ejemplo muy gráfico. Si tu nene canta como en el vídeo que verás un poco más abajo, NO LO LLEVES A LA TELE. No te vas a forrar y todos te señalarán por la calle y murmurarán a tus espaldas ‘mal padre’.

También se podría dar el caso de que tu peque haya visto un cóctel letal compuesto por las tres partes  (¿O cuatro, cuántas son?) de High School Musical, la peli de Camp Rock, la de Hanna Montana, y todo OT, La Voz y una maratón de musicales Disney,  y como resultado, en su cabeza vocecitas le aseguren que está llamado a ser el nuevo Troy Bolton, el nuevo Bustamante o la Princesa DragQueen Elsa de Frozen.

ESTO ÚLTIMO SE MERECE UNA DIGRESIÓN: porque no me negaréis que la Princesa Elsa, dando rienda suelta a sus impulsos reprimidos tras años de tener las manos dentro del armario, digo… del guante, es de reinona total y que el ‘Libre soy’ (o ‘Suéltalo’ según donde la hayan ustedes visto, si a este o al otro lado del océano), es un himno de lo más gayer (cuidao, nada que objetar al respecto, ¿eh? Viva el amor, sea con quien sea y venga de donde venga). ¿Que no estáis de acuerdo, decís? Anda, que no…  😀

Bueno, pues nada, salgo del jardín en el que me he metido yo solito, y sigamos: si es tu hijo el que quiere ir a la tele a toda costa y tú ves claro el desastre, intenta boicotearle escogiendo una o varias de las frases del Libro Sagrado de los Padres, página 33:

-‘Mientras vivas en mi casa harás lo que yo diga’

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-‘Cuando seas mayor de edad podrás hacer lo que quieras’ (Nota: cuando la criatura haya cumplido los 18, usar la frase anterior)

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-‘En esta casa no hay democracia. Yo no hice campaña para ser tu padre. Tú no votaste por mí. Es lo que hay, te guste o no.’

Te odiará, sí, pero al menos tú tendrás la conciencia tranquila.

Pero vayamos al ejemplo, que es lo que todo morbosillo de pro está esperando desde hace varios párrafos. La niña del vídeo participa en una especie de ‘Tienes talento’ interpretando el aria ‘La reina de la noche’ de ‘La flauta mágica”.Si Wolfang Amadeus Mozart levantara la cabeza, soltaría una risa escandalosa e histérica y volvería a espicharla rápidamente al ver que una niña con voz de gato está maullando su tema. 

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Éste vídeo tiene tanta miga que no se por dónde empezar. En el minuto 1:30 pasan unos letreritos a toda castaña. Eso son ‘los estratosféricos precios de los msm en los que hay que poner ‘Salvar Niña que canta mumal’ al 5546′, pensé yo, pero no. Esos salen en el minuto 0.30 y lo hacen a tal velocidad que ni Flash Gordon sabría cuánto le van a cascar por enviar el dichoso mensajito. A lo que iba: los letreritos. Le he dado al ‘Pause’ y resulta que son los créditos de ‘La reina de la noche. Según éstos el autor es un tal ‘Pedro Manuel Guerra Mánsito’. Toda la vida pensando que era de Mozart y, ya ves, que equivocados estábamos todos.

Decido seguir investigando  y resulta que ‘Pedro Manuel Guerra Mansito’ es el cantautor Pedro Guerra. El autor de ‘Contamíname’ o ‘La lluvia nunca vuelve hacia arriba’. Es el de la foto. Cómo podréis comprobar es de belleza huidiza. Pero rezuma talento por sus cuatro costados. Es un cantautor como la copa de un pino.

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Ñej, ñej…¡Cu-cú!

Sigamos. Resulta que Pedro Guerra tiene, efectivamente, una canción que se llama ‘La reina de la noche’ y que dice cosas como:

La reina de la noche como la Norma Jean

tiene rubio el escote y sabor a carmín.

Sin embargo, ‘La reina de la noche’ de Mozart dice cosas como:

La venganza del infierno

hierve en mi corazón,

la muerte y la desesperación

arden a mí alrededor

Como podéis comprobar no tienen nada que ver. Así pues de esto deduzco que el redactor de turno se ha ido al Google, ha tecleado ‘La reina de la noche’,  le ha dado a ‘Voy a tener suerte’ y lo que le ha salido, lo ha dado por bueno. Profesional de los buenos, si señor. Menos mal que la búsqueda le devolvió una canción del Guerra y no el anuncio on-line de…

Margot. ‘La reina de la noche’.

150 de pecho. Fruta madura. Boca juguetona.

Te lo come todo por 20 euros.

En fin, corramos un estúpido velo. Releo lo escrito y si fuera un lector ajeno a mis circunstancias pensaría: ‘A este chico le falta un hervor’. Pues tenéis razón. ¿Dónde está la pastilla? Glup. Ya.

Sigamos.

Y ahora es cuando me desahogo, por que esto me indigna. Sólo por la carita que hace la niña en el minuto 1:20 sus padres merecerían ser lanzados a un corral de gallinas locas y salvajes que les picoteen las entrañas con el mayor de los sufrimientos.

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Hummm… Co-co-cócmo me apetece picotearle el hígado al padre de la niña que ca-ca-canta como la tía Ambrosia. 

Al final pasa lo que tiene que pasar , la pequeña no aguanta  la presión y se marcha llorando. Cada una de esas lágrimas debería ser como un puñalada en el corazón de sus padres (melodramático me ha quedado esto). Porque no dudéis ni por un segundo que la culpa, por supuesto, es de los padres, en primer lugar por no darse cuenta de que la niña no tenía ninguna posibilidad,  y en segundo lugar por lanzar a su preciosa hija a los perros.  Me da un repeluco impresionante que un grupo de adultos, para rellenar unos minutos de programación, se haya aprovechado de una niña que no es que cante mal , es que tiene seis años y está interpretando un aria que requiere de un grado de virtuosismo importante.

Además, esto no se puede achacar a un error de cálculo. Que nadie se engañe, en televisión está todo más que atado. Y lo mejor de todo es que el jurado ese, que parece que lo han sacado de un baúl de los años 70, se permite caer aun más bajo apretando el botoncito a mitad de actuación. Pedazo de sabandijas miserables, ya que os aprovecháis de ella, al menos DEJADLA ACABAR, aunque cante como una cabra del averno o el mono Canelo, da lo mismo. Es sólo una niña de seis años…arf…arf…Ahora a ver cómo me las ingenio para que la vena del cuello vuelva su tamaño normal…

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♫ IEIEEEEO ♫ IEIEEEEO ♫ Mi corazón me susurró a mí no vuelvas sin su amorrrrr ♫ 

Si los padres son como Dios manda, habrán aprendido la lección. Y si no, pues veremos a la niña en el Factor X o en ‘Matalascañas tiene Talento’, o algún clon similar,  hasta que maten todas sus ilusiones.

Moraleja: Que desde pequeñitos nos venden con mucha maña aquello de ‘cumplir nuestros sueños’ y ‘luchar’. Pero un poquito de sentido común es el ingrediente que le da el punto perfecto al plato de los sueños y hace que esté rico-rico y nos produzca una buena digestión. He dicho.

Sábado por la mañana en la cafetería: mi momento.

Sábado por la mañana en la cafetería: mi momento. Respiración pausada, endorfinas, oxitocina, ¡oh, sí!, las noto fluir en mi organismo, y cómo juntas contribuyen a un momento de intenso relax. Estoy tomando un café con leche a la temperatura perfecta, un bocadillo de tortilla de patatas “de verdad”, con su pan crujiente, su tomate y su aceitito, un buen libro, por supuesto… En definitiva: estoy en comunión con el cosmos infinito. 

Y, de repente, aparece un padre… y un niño… y otro niño, todos con un sentido nulo de lo que significa el concepto “mínimo espacio vital” y que se sientan demasiado cerca. Un CUBO DE LEGOS se desparrama, una y otra vez, el padre ignora a sus propios hijos o está sordo como una tapia. Cada vez hay MÁS Y MÁS LEGOS, LEGOS POR DOQUIER es la MARALEGOBUNTA.

A estas alturas las endorfinas han huído ya por una ventana, despavoridas. La oxitocina y el relax yacen moribundos rodeados, como no, de Legos, y… ¡Un momento!… ¿otro niño? no puede ser, acaba de entrar otro niño en el local… con UNARMÓNICAPORLAMORDEDIOS, miro al infinito, ♪ ♫PIRUBIRUBIRUBURU♪ ♫ (la armónica), engullo el resto de bocadillo, ¡CATACLOCOTCLOK! (los legos), bebo el café de un trago, ¡COFCOFCOFCOF! (café en mi aparato respiratorio), cierro el libro, ¡HIIIIIIIIIIIII! (sin ton ni son, un angelito me ha regalado un chillido que me ha reventado el tímpano derecho), pago, salgo del local como alma que lleva el diablo, con la mirada descarriada y los nervios a flor de piel, sin mirar atrás, llorando en silencio por la pérdida de mi efímero momentos de plenitud que, como las oscuras golondrinas de Bécquer, ya no volverán