Querido diario: ¿te acuerdas del ridículo que hice cuando fui a comprar manzanas ‘de las que crujen’? Pues hoy… He vuelto al mercado.

Querido Diario:

¿Te acuerdas del ridículo que hice cuando fui a comprar manzanas ‘de las que crujen’? 

Pues por lo visto, no tuve bastante, porque hoy… He vuelto al mercado.

He ido directo al puesto de verduras y he pedido la vez. Las señoras que había diseminadas por la parada sin orden ni concierto se han girado y mirado extrañadas…Como si en lugar de un atractivo joven con el pelo entrecano y una interesante barba ejerciendo de amo de casa, hubiera aterrizado ante sus ojos un extraterrestre baboso supurando pus: ¿pedir la vez con lo divertido que es colarse las unas a las otras?

Como yo insisto en pedir la vez, una señora me dice, literalmente:

-La última es mi hermana QUE NO ESTÁ, pero va detrás de mí. Yo me voy a por tomates allí- al quinto pino-, pero a mi hermana le tengo guardada la vez. Si viene, va ella.

Y se da media vuelta, y desaparece por un pasillo dando saltitos.

En resumen: no sé detrás de quién voy. El puesto es alargado y no paran de llegar marujas que se cuelan por todos los rincones.

Sudores fríos me invaden.

Delante de mí se coloca una señora/asesora que viene con su hijo/aprendiz al lado. Me recuerda a mí mismo, la semana pasada. Se han colado por la tangente y se han colocado justo delante de mí sin ningún tipo de rubor.
En ese momento, una señora, que está en el puesto de al lado se gira, me mira fijamente, y me dice:

-Aquí, si no espabilas, se te van a a colar todos.

Un escalofrío recorre mi espina dorsal. Joer, ha sido como en una película de terror cuando el que está más loco mira fijamente al protagonista y le suelta algo muy lúcido y muy terrorífico (¿Habéis visto ‘Los sin nombre’?). Envalentonado me dirijo a la señora/delincuente y le digo:

YO: Disculpe señora… ¿Ustéd es la hermana de la señora que tenía que venir?

ELLA: (sin dudarlo ni un instante) SÍ

En ese momento me doy cuenta de que el hijo mira hacia otro lado, avergonzado de los métodos rastreros que emplea la otrora santa mujer que le dio la vida. Eso acaba de decidirme: NO ME FIO.

Gracias a los dioses la señora que se fue a por tomates (por lo que ha tardado, ha debido ir a comprarlos a Murcia) aparece como por arte de magia y entonces yo, como si fuera el abogado fiscal hablándole al testigo principal del caso, en una película de juicios, le digo:

YO: ¡SEÑORA!…¿ES ESTA ES SU HERMANA?

SEÑORA DE LOS TOMATES: No, mi hermana está allí comprando aceitunas.

Entonces, dirigiendome con mucha rabia, pero muy digno, a la señora, le digo:

‘¡Ajá! Pues entonces, voy yo’.

¡JAJAJAJA! ¡Prueba superada! He ganado mi primera batalla en el mercado. De todos modos, algo me dice que no será la última. Porque ya domino el mundo de la hortaliza, sí, pero aún tengo que pasar la más dura de las pruebas… Tengo que comprarme unas cangrejeras para ir a la playa, así que la semana que viene voy al nucleo duro del mercadillo…

La semana que viene voy…¡A la zona de zapatería y textil!

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Querido Diario: hoy he ido al mercado a comprar manzanas ‘de las que crujen’

Querido Diario:

Hoy he ido al mercado, a comprar manzanas. Había de tres clases: amarillas, rojas y verdes. Dentro del segmento ‘ROJAS’ que son las que me gustan también había varios tipos. Ante tal despliegue manzanístico me bloqueé automáticamente . ¿En qué se diferenciaban unas de otras? ¿Cómo sé si son buenas? Las señoras parecen tener un poder extrasensorial para deducir las propiedades organolépticas de la fruta o verdura, simplemente viéndolas, sin necesidad de tocarlas, (aunque también me he dado cuenta de que hay algunas que lo toquetean todo cuando el frutero no mira, igual ahí está el truco).

Y luego está el tema del precio. De camino al mercado, escuché una conversación de esas que te marcan a fuego:

Señora 1: Voy al mercado a comprar peras.
Señora 2: Pues no sé si merece mucho la pena… En el frutero de debajo de casa las peras están a 1,20 y hoy aquí están a 2 euros.

Yo las estaba oyendo y, al mismo tiempo, mi cabeza empezaba su ya habitual actividad independiente en forma de batería de preguntas:

1. ¿Cómo se saben el precio normal y comparado de las peras, por Dios bendito?

2. ¿Es lo normal? ¿ Debería yo saberlos también?

3. Con todos los alimentos que hay… ¿Se los saben todos?

4. Yo compro el pan todos los días… ¿ Por qué no consigo recordar a cuánto va la barra de pan?

Ya me toca. La dependienta me pregunta ‘¿Qué te pongo, cariño?’. Yo, que no estoy acostumbrado a la jerga de mercadillo en la que te pueden estar diciendo que te mueras pero siempre con el ‘cariño’ o el ‘corazón’ por delante, me ruborizo. Para acabarlo de arreglar, le espeto a la señora, a bocajarro:

‘Déme manzanas rojas de las que crujen, por favor’

¿Manzanas de las que crujen?¿He dicho yo esto? Acabo de cavar mi propia tumba. Soy un cliente pésimo y tanto mi lenguaje verbal como el no verbal le está diciendo a gritos a la frutera:

‘Soy un mindundi fácilmente engañable. Póngame toda la fruta podrida que tenga.’

La señora me mira raro, pero yo insisto:

‘Sí, de las que están ácidas, y crujen’

La señora frutera tiene el día minimalista y me mira, y me mira…

Yo:…Sí, crujientes…de esas que no son harinosas.

Señora Frutera: Fuji. Las manzanas que quieres se llaman Fuji.

Sí amigos, hay un universo paralelo formado por manzanas con nombres tan crípticos como Fuji, Reineta, Golden o Granny Smith…Y eso sólo las manzanas. Las peras aun tienen nombres más absurdos como ‘peras de agua’, ‘peras limoneras’ o ‘peras conferencia’. Tanto bombo con la asignatura de Religión y la de Educación para la ciudadanía, y yo me pregunto: ¿Por qué no dan éste tipo de información en los institutos? ¿Quien mueve los hilos para que vivamos en una especie de Mátrix manzanero? ¿Qué intereses ocultos tienen los gobiernos para que la población permanezca en la ignorancia? No lo sé amigos, pero algo huele a podrido en el mercado… Y no, no es una frase hecha. El día que yo fui olía fatal.

La frutera dirá lo que quiera, pero yo pienso que ‘Fuji’ no es un nombre para una manzana. Para un volcán, un ninja o un personaje de manga, sí, pero, ¿para una manzana? En cualquier caso, me lo callo que bastante he hecho ya el ridículo.

La señora me lee el pensamiento y mientras me pone las manzanas, me ofrece una sonrisa de superioridad. Quizás me está poniendo las Fuji que ella me ha dicho, o igual me está poniendo las del experimento con injertos que hizo su tío Anselmo antes de que lo encerraran en aquella ‘casa de pensar’. En cualquier caso, ella tiene el poder.

En eso llega mi madre y compra también manzanas. Me fijo en ella y me parece una señora desconocida, hablando una jerga extraña, refiriéndose a las manzanas con adjetivos ignotos para mí y entablando un pulso psicológico con la frutera, tal que así (dramatización inspirada en hechos reales):

Madre: Pónmelas buenas que si no, ya no vengo más. Que la última vez tuve que tirar la mitad. Esa no, que está pocha. Y a mi niño se las habrás puesto buenas ¿no? Mira que no vuelvo.

Frutera: Mari, cariño, si las encuentras mejores por ahí, cómpralas. Pero lo dudo. Toma, corazón, ya verás que buenas. La pocha te la regalo. ( Pa´ chula yo) Y si al niño le salen malas las manzanas que me las traiga, que yo se las cambio.

Dios mio, qué tensión. Miedo tenía a respirar por si alguna decidía que yo tenía la culpa de algo y se me tiraba a la yugular.

PREGUNTAS SIN RESPUESTA: ¿Por qué las mujeres se llaman ‘Mari’ entre sí, aunque se llamen algo tan alejado de ‘Mari’ como Ninotschka o Jaimita?

REFLEXIÓN: Es curioso cómo cambian tus padres cuando los ves en una situación ajena al ámbito familiar. Me pasa con mi madre y también con mi padre. Recuerdo cuando de pequeño me iba ‘a trabajar’ con él en el camión y lo veía hablar con los otros camioneros. Parecía una persona diferente. Haciendo bromas y hablando de temas distintos a los que tocamos en casa. Era extraño y bonito a la vez. Me pregunto si los hijos llegan alguna vez a saber cómo son sus padres realmente. A conocerlos de verdad.

Mirando fotos antiguas me pongo ‘Profunficial’ : profundo y superficial.

Cuando veo fotos antiguas, me pasan mil cosas por la cabeza.

No puedo evitar ponerme profundo y pensar en lo rápido que pasa el tiempo, en cómo, sin apenas darnos cuenta, nos marchitamos, envejecemos. Y entonces me entra una energía bestial, como si me hubiera bebido cuatro cafés (bueno ocho, cuatro, es lo normal), y me da unas ganas terribles de hacer cosas de esas que tengo en el tintero, de matricularme de una vez en Historia del Arte, de ponerme en firme a escribir alguna de esas historias que llevan madurando ya demasiado tiempo en mi cabeza,con el peligro de que se pudran.Todas esas cosas a las que les pongo la tan temida etiqueta de ‘más adelante’ o ‘ya tendré tiempo’ o la peor de todas: ‘algún día’. En muchos casos, un mecanismo de autodefensa para no tener que enfrentarme con el hecho de que algunas de esas cosas, si no lo remedio, no las voy a hacer NUNCA.

Y también me da ganas de llamar a mis padres, de abrazarles y de decirles que les quiero, que es algo que se da por supuesto pero que, por algún misterio insondable, a la generación anterior le ha costado mucho verbalizar (que no demostrar, sabes perfectamente cuando te están queriendo). Es curioso, porque yo le digo ‘te quiero’ a mi hijo y a mi mujer setecientas veces al día, pero por algún motivo que desconozco, en mi casa ( la casa de tus padres siempre será tu casa) nos queremos a muerte, pero no nos lo solemos decir. Mamá, papá, hermanas: os quiero.

Y después de ponerme profundo, me voy al otro extremo, me imbuyo del espíritu de cualquiera de los programas de Telecinco y me paro a observar las cosas más mundanas, terrenales y, por qué no, superficiales. Me fijo en las gafas de mi padre (¿dónde andarán? Se vuelven a llevar. Tengo que preguntar 😀 ), en el patrón de flores del vestido de mi madre. En los puños de su blusa. En los coches antiguos (modernos entonces) aparcados en la calle y en que había muy pocos. En que mi padre ahora se ha moderado bastante, pero por aquel entonces, solía llevar por lo menos dos o tres botones de la camisa desabrochados lo que le daba un aire de chulería. Que en la foto en la que estoy colgándome de los brazos de mis padres, mi madre parece una actriz italiana.

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En que mis padres tenían una predilección importante por el color rojo. Que éramos pobres, pero salíamos todos limpitos y perfectamente conjuntados de casa. En que odio los zapatos que me ponían de pequeño, que se veían todos los calcetines, y que me parecían de niña. (Ahora ya exigen lo que quieren ponerse con siete años, pero en aquella época, ¿Escoger nuestra ropa? ¡JA! ) En que en la foto del Paseo Ribalta no aparecen palomas, y mira que es raro, porque en aquella época había trillones.

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Que en la foto de estudio de mi padre tiene un look muy moderno y que, a la espera de saber si su nieto (mi hijo) ha heredado algo de su estilo se tendrá que conformar, como yo, con haber heredado sus cejas.

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Y me gusta comprobar que mi padre y mi madre siempre han ido en pack, como los yogures, así que son imposibles de separar y salen en todas las fotos juntos y arrimaditos. Y da igual que estén posando en medio de un campo de batalla, lleno de sacavones, ellos exudan estilo y glamur setentero en cualquier lugar.

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Las fotos son además un disparador de recuerdos: reconozco las calles del barrio donde llevo viviendo 40 años, a medio construir, sin asfaltar y llenas de charcos… Charcos de los que yo disfruté como un enano cuando iba al colegio (nuestros hijos no saben lo divertido que era esto,…Bueno, menos cuando te quedabas atascado en medio de un charco-lago con todos mirándote, apostando cromos de la Liga a ver si conseguías salir con, o sin botas de agua, o si te caías y te ponías perdido de barro…) y reconozco el solar donde está la plaza actual, aún rodeada por un muro en el que había un agujero por el que nos colábamos y… Madre mía, ahora que soy padre, prefiero no pensarlo, podríamos haber cogido el tifus de la porquería que había ahí dentro (pero que nos quiten lo bailao).

Y lo más espectacular, superficial y, en cierto modo, frustrante de todo: que, por mucho que yo le quisiera poner todo el empeño, jamás, en mi vida, seré tan moderno como mis padres en esas fotos. Eran, de lejos, mucho más modernos, más fashion y más todo, que yo a su edad. A veces pienso que hemos involucionado. Si saco yo una foto de mis 20 años, con las camisas de paramecios (cachemir, paramecios en la jerga de mis amigos) que se llevaban en los 90… Pero no, esas no las veréis, ñej, ñej.

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Con las camisas que me ponía con 20 años, he visto yo hipnotizar gallinas, gatos y conejos 

Por último, me pregunto si pasará lo mismo dentro de cuarenta años con las fotos que ahora hago compulsivamente y almaceno como poseído por una especie de síndrome de Diógenes digital en mi ordenador, en discos duros externos, dvd’s, tarjetas de memoria, teléfonos y cámaras. Si tendrán ese poder evocador y nostálgico.

No puedo evitar pensar que antes las fotos salían peor, pero se hacían con mejor criterio por una cuestión de necesidad. Ahora le haces 27 fotos al niño soplando las velas con la intención de escoger la mejor más adelante… Y lo peor es que rara vez lo terminas haciendo.

Sin embargo, antes sólo tenías un carrete de 12, 24 o 36 fotos que después había que revelar… y pagar. Nadie en su sano juicio le habría hecho fotos a sus pies, al almuerzo, a un anuncio del periódico o a una farola. ¡Es que ahora lo fotografiamos TODO!

Respondiendo a mi duda inicial: lo más probable es que no, nadie enciende un ordenador y ve fotos en familia. Es frío y tedioso ( ya sabéis, 27 fotos soplando las velas…).

Yo, lo tengo claro. Tengo que hacer una selección e imprimir algunas de las miles de fotos que abarrotan mi disco duro (y que nunca miramos) y ponerlas en un álbum, para que mi hijo se pueda emocionar algún día con ellas, como yo lo estoy haciendo ahora.

Charlas de ascensor

Cuando Diego (mi hijo) habla, sube el pan. El enano hace tiempo que descubrió el potencial del lenguaje y charla por los codos, con una fluidez envidiable e indistintamente en dos idiomas:castellano (lengua paterna) y valenciano (lengua materna), pero… todavía no controla el aspecto social del lenguaje. Así que andamos con una especie de zozobra continua por lo que pueda salir por esa boca. Por poner un analogismo, es como si a un mono le dieras una espada láser mortífera…¿Qué puedes esperar que ocurra?

Hago esta introducción porque hoy voy a elucubrar acerca de las charlas de ascensor, y de cómo estas han cambiado D.D.(Después de Diego)

A.D. (antes de Diego), cuando yo me subía a un ascensor con un desconocido o vecino con grado de confianza escaso, hacía lo que todo el mundo…

A- Hablar del calor/frio que hace

B- Mirar fijamente a los botones como si en lugar de una lucecita que sube o baja estuviera ante la arrebatadora visión de un unicornio alado.

C-Mirar arriba o mirar abajo, trastear en el móvil, buscar las llaves de casa. Lo que sea, excepto establecer contacto visual con el otro usuario del ascensor, a no ser que se estéhablando (ver punto A). De hecho, si se establece contacto visual, hay que hablar obligatoriamente, o a partir de ese instante pasas a ser el señor/a loco de la escalera.
D-Intentar no toser y/o asfixiarte con los efluvios de Varon Dandy/Charnel nº 5b que emana el vecino/a de turno que, o bien es muy coqueto/a, o bien no se ha duchado y ha empleado una desafortunada estrategia de camuflaje.

Bien, pues todo esto ha cambiado D.D. porque ahora entrar en un ascensor con el Miniyo, aparte de suponer un tema de conversación en sí mismo (cómo ha crecido, cómo te llamas, cuantos añitos tienes…), supone lo que he dado en llamar como un momento HUEVO KINDER… Esto es, sabes a ciencia cierta que dentro va a haber una sorpresa. A veces te sale la figura pintada a mano (bien), y otras, un chisme absurdo que se autodestruye en cuanto es montado (mal, muy mal) .

Voy a poner un ejemplo, algo antiguo, pero que se nos quedó grabado a fuego… Un momento, que saco el arpa….Ya. Musiquita de recordar: plim-plim-plim-plim…

En el ascensor, Diego, Teresa y yo mismo.

B
A
J
A
N
D
O
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.

El ascensor para en el sexto piso. Entra una vecina, una señora de lo más simpático y agradable.
Diego, señala a la recién llegada y le espeta a bocajarro:

– ¿Cómo se llama ESA?

El “ESA” resuena en mi cabeza como la canica que se les cae a los vecinos de arriba todas la noches.

Teresa reacciona:

– No se dice así Diego, se dice…Hola, ¿Cómo te llamas?

Diego, en lugar de eso, empieza a hacer ‘ÑA-ÑA-ÑA’ y ‘PRF-PRFT-PRRRR’, como si no hubiera mañana. 
Yo pienso en este orden:

1- En dónde ha aprendido a hacer eso, si en casa no hablamos así y leemos a Delibes y a Mendoza con fruición ( y leeríamos a Sartre, pero nos da sueño).

2-En los pisos que quedan hasta llegar abajo

3-En los daños irreparables en la imagen de la familia en el bloque sólo superados por el vecino que te mira y te mira dentro del ascensor, sin hablar.

4-Pienso en mis padres y en la justicia poética.

Sin embargo, y a pesar del brote, a la señora parece gustarle el numerito y comienza a hacerle cocamonas al enano.

Diego que, aunque joven, posee un sentido de lo que funciona en el mundo del espectáculo bastante desarrollado, despliega todo su arsenal -sonrisas picaronas y caídas de ojos incluídas- para meterse en el bolsillo a la señora.

Diego,continua y entre ña-ñaes pregunta: ¿Có-mo-che-cha-mas? (o algo así).

Señora: ¿Quieres saber cómo me llamo? Me llamo DORA

En ese instante, en mi cabeza pasa esto: DORA LA EXPLORADORA-DORA LA EXPLORADORA-DORA LA EXPLORADORA-DORA LA EXPLORADORA-DORA LA EXPLORADORA-DORA LA EXPLORADORA
Antes de que me de tiempo a decir algo para desviar el tema. Teresa, a bocajarro, -en mi casa somos muy de a bocajarro todo- le suelta a la vecina:


¡Andá, como Dora la exploradora!


A boca llena, como si no hubiera mañana…

No la culpo. Tenemos el seso sorbido con los dibujos animados.Un día pegué un golpe en la mesa y dije: se acabó el omnipresemte BOING de marras, a partir de ahora, en esta casa se va a ver ‘el parte’ a la hora de comer, como se ha hecho toda la vida. 

Resultado: mi mujer y mi hijo se rieron de mí bien a gusto y yo me fuí a ver la tele a la cocina.

Así somos los padres modernos. En mis tiempos veías Marco o Heidi una vez, dos a los sumo en toda una infancia y te las tenías que ingeniar para recordarlos y crear un mito rápidamente. Era tan complicado que, hasta surgían dudas imposibles de resolver… ¿En verdad Afrodita decía ‘PECHOS FUERA’ cuando lanzaba al infinito sus mamellas en Mazinger Z? Ahora lo podemos saber enseguida, en internet lo encuentras todo, pero antes no estaba Google para iluminar nuestra oscuridad.

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He buscado ‘pechos fuera’ en Google y esto es lo que ha salido, ñej, ñej…


Hoy, con el dvd, el ordenador y los canales de pago puedes ver un mismo episodio cientos de veces y doy fe que eso es lo que ocurre en mi casa, por poner un ejemplo, con DORAEMÓN (del infierno).

La señora Dora -la vecina-, por su bien y por el nuestro espero que tenga hijos y sepa de qué va esto de ‘Dora la exploradora’, porque si no lo más probable es que no haya entendido nada de lo ocurrido en el ascensor. (Si me hubiera pasado a mí, lo primero que hubiera hecho al llegar a casa, es buscarlo en Google).

Definitivamente con Diego las charlas de ascensor han evolucionado, no sé hacia dónde, pero lo han hecho.

Cosas de mucho yu-yu. Hoy: el monaguillo tenebroso.

Padres aguerridos, valientes y de nervios templados en mil batallas, que dejan escapar un gritito demasiado agudo y una blasfemia cuando, al entrar en un ermita anclada en tiempos pretéritos, se topan de morros nada más abrir la puerta con la imagen terrorífica del monaguillo tenebroso, que vayan a saber ustedes por qué trauma mal curado, figuran entre las cosas que les dan mucho yuyu y mucha fobia, justo después de los payasos listos y tontos, y empatados con los arlequines, los mimos y los muñecos de ventrílocuo y que, debido a ese momento de debilidad, ven como sus hijos primogénitos, unigénitos o ya del montón, se avergüenzan de ellos muy fuerte, con lo que ha costado que éstos les tomen como referente y modelo a seguir, en lugar de a uno de esos youtubers con los que es casi imposible competir, hombre ya.

PD: ¿No se parece de forma asombrosa el monaguillo tenebroso a Eleven de ‘Stranger Things’?

 

 

#MonaguillostenebrososYoOsMaldigo‬ ‪#‎Vacaciones2016‬ ‪#‎Maestrazgo‬ ‪#‎Catí‬‪#‎Lavellà‬

Niños repelentes. Hoy: el cansino

La primera vez que vi este vídeo me ruboricé como una colegiala:

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Sí amigos, en cuanto terminé el visionado, la dichosa arpa de recordar se puso a sonar como una loca (♫Plim-plim-plim-plim♫) provocando que recuerdos sublimados y enterrados muy, muy abajo en el iceberg de la conciencia, aflorasen a la superficie. Y sentí una punzante vergüenza al percatarme de que el comportamiento de un dibujo animado, era calcadito al mío propio durante mi más tierna infancia.  

Me veo a mí mismo, una especie de niño Joselito, al que solo le faltaba cantar ‘Campanera‘.

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♫Por qué hah pintao tus ojeeeeraaaah, la flor de lírio reaaaaaah♫

Y veo a mi madre atareada haciendo la casa y yo: ¡dame un duro, dame un duro, dame un duro!
Y mi madre: no, que te compras chicles.
Y yo: no, no, chicles no (chicles sí, cómo me conocía y me conoce la jodía) dame un durodameundurodameunduro…

Y yo, me doy cuenta ahora de que era un adelantado a mi tiempo, porque, como no me hacían caso, como si fuera un despertador digital comenzaba a aumentar el ritmo, pero sobre todo, el volúmen:

DAMEUNDUROVaaaaaDAMEUNDUROVAAaaaaaAADAMENUNDURO VAAAAAMAMI… (Que al final las palabras dejaban de tener sentido y ya, ni sabía lo que decía)…UNDUROUNDURODUNrundundorudUDOUNDORdoru…
Y mi madre: no que te compras chicles, te los tragas y se te pegan en el estómago y te mueres (Manual de frases ancestrales para madres, página 2, versículos 5-6)…
Y Yo: no, que no me los trago…
Y mi madre: ¿Pero no decias que el duro no era para chicles?
Y Yo: (Glup, me la ha vuelto a jugar, es más lista que yo)…Ehmmm…Ehmmm…¡Que no!!¡Que m’ iquivocao! ¡BUUAAAAH! Dameundurodameundurodamenunduro… ¡BUAAAAAAAH!
Hasta que al final, unas veces me daba el duro por puro aburrimiento y otras me acababa ganando una colleja, o ejecutaba uno de sus archifamosos lanzamientos con efecto de zapatilla ninja voladora que, escuchadme bien NUNCA fallaban, aunque estuviera el mueble-bar o la mesita camilla por enmedio

Pero…!Basta de recuerdos! ¡Mi hijo no será tan pesado como su padre! (Hmmm…¿O sí?).

DIEGO, EL CURIOSO

El ser humano necesita evaluar hasta dónde puede llegar. Ponerse metas, superarlas y volver a cuestionar sus límites. Los niños, más curiosos todavía si cabe, exploran, estudian, interaccionan con su entorno de un modo temerario, enarbolando con vehemencia la bandera del “¿Qué pasaría si…?”

Es por eso que meten los dedos en los enchufes, se tiran en caída libre desde sofás y sillones y bajan -es un decir- escalones más grandes que ellos sin pararse a pensar que la expresión ‘besar el suelo’ no tiene ninguna de las características que hacen apetecible besar, por ejemplo, a una persona. El suelo es frio y duro amiguitos, no lo beséis, a no ser que seáis el Papa.

Pero así son las cosas: la investigación, el descubrimiento constante es necesario para su desarrollo… El problema es que, a veces, la temeridad de las primeras etapas de la vida, unida a un exceso de énfasis, provoque que la curiosidad les termine jugando malas pasadas.

Pongamos un ejemplo:

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Jijiji…he metio la cabeza aquí y m’ han dao un chupachús. !Esto es un filón!!Mañana lo hago otra vez!

Varias preguntas se agolpan en mi mente y pugnan por pasar de mi cabeza a mis dedos y de ahí al teclado: ¿Qué puede haber pasado por la cabeza del zagal este para meter la cabeza por el agujero de la silla?¿Qué pensaría Freud sobre meter la cabeza en una silla con forma de pelvis?¿Qué pensaría de mí por ver una pelvis en una silla? En fin…

Tengo que confesar que me he reído la gana, e incluso he pensado: ¡Jajaja! !Que niño más bobo! Cosa de lo cual me avergüenzo profundamente toda vez que yo, ya mayorcito, tuve un momento de bastante tensión en la que se vieron involucrados los barrotes de una balconada y mi brazo.

Como iba diciendo, estaba riéndome tranquilamente frente a mi ordenador, cuando escuché a mi primogénito proferir gruñidos intercalados por mamáes y papáes en el comedor…¿Se habrá caído, one more time? ¿No le gustarán los dibujos que echan en ese momento y, como el malandrín es muy sibarita, me llama para que cambie de canal? Raudo y veloz voy al comedor y me encuentro con ésto:

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¡¡¡¡Buaaaaa!!!! ¿Cómo he llegado hasta aquí?¿Dónde están mis padres?

En efecto, el amigo Diego había decidido adentrarse en los ignotas entrañas del sofá y después no supo cómo salir.

Hay que ver, la ternura que puede llegar a provocar un hijo.