Reglas básicas para ir al súper

Cuando se va al súper hay una serie de cosas que todo el mundo debería tener en cuenta. Por ejemplo, hay que llevarse una rebequita para cuando pasas por la zona de neveras. En algunas grandes superficies la temperatura está tan baja que han encontrado a niños pequeños, de estos díscolos que se pierden en cuanto sus padres se dan la vuelta, al borde de la muerte entre los yogures Bio y los quesos de cabra. Pues bien, una de las reglas de oro sagradas para un gordo es no ir a comprar con hambre. Si lo haces, lo más probable es que termines gastando una gran cantidad de dinero en grasas trans, poli y monosaturadas, azúcares y calorías vacías. En DELICIAS, vamos. Por eso los gordos damos rodeos. Me explico: yo, para llegar a la frutería no voy por el pasillo del chocolate (el pasillo de la tentación),  voy por el de los detergentes (el Coral vajillas huele bien, pero no lo suficiente) . Trucos absurdos pero efectivos que empleamos los que no tenemos fuerza de voluntad, para engañarnos a nosotros mismos.

Pero hoy mi estrategia se ha hecho añicos.  A mitad de pasillo, a punto de conseguir el objetivo, mi nariz ha detectado un olorcillo apetitoso y, como un zombi sin voluntad, movido tan solo por el instinto primario de llenar la panza,  me he ido directo hacia la fuente de tan atractivo aroma.  Y hete aquí que he descubierto que Mercadona ha sacado a la venta VELAS con olor (quizás con…¿Sabor?) a ‘Galleta de miel’ y ‘Praliné de almendra’… Pero… Pero…¿Estamos locos? Me han dado miedo mis pensamientos (¿Comer velas? ESO SÍ QUE NO)así que he salido huyendo de allí, no sin antes hacer una foto al trampantojo gastronómico para dar fe de que mis ojos no me engañaban y no lo he soñado todo. Ahora no me quedará más remedio que volver a frecuentar el pasillo del chooOocooOoolaateeeeefffrrrssss… ¡¡BIEEEEEEN!! Digo…¡¡NOOOOOO!! ¡MERCADONA, YO TE MALDIGO!

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2 comments

  1. Francisco J. Martín · junio 16

    Lo has “bordao” jejeje
    Saludos !

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  2. Ilsecuché · junio 18

    Jorge Ibargüengoitia, escribió en “Misterios de la vida diaria”.
    “El otro día, quería yo una botella de ron. Entro en una de estas grandes tiendas, cojo uno de los carritos y, empujándolo, me dirijo hacia el lugar donde sé que están los licores. Paso por el camino por donde están las cremas de rasurar, los perfumes, la cristalería, las batas de maternidad, los quesos y llego a los licores. Encuentro exactamente la botella que quiero, la pongo en el carrito, y me dirijo a la salida. En el camino paso por donde están los sacos de hombre, los artículos eléctricos, los discos, la papelería, los zapatos, las cosas de jardinería y los caramelos. Al llegar a la caja, para pagar, saco del carrito no sólo la botella sino otras cosas que me urgían muchísimo y se me había olvidado comprar: un fierrito para pelar papas, media docena de vasitos para tequila, un adminículo muy extraño, hecho en Francia, que sirve para rallar ajo, perejil y queso parmesano, una bolsa de abono químico, dos clavijas, un desarmador, un rollo de cinta de aislar y una bolsa de caramelos. Mi paseo por el interior de la tienda duró cuarenta y cinco minutos.
    Al regresar a casa descubrí que el abono química no era tan urgente, porque todavía tenía uno que había comprado antes. De las clavijas sólo necesitaba una, la otra la compré para tener un repuesto en caso de emergencia. El desarmador y la cinta de aislar los compré para cuando se ofrezca. Los vasitos de tequila siempre hacen falta. El fierrito para pelar papas no salió bueno, porque no tiene filo. El aparato para rayar tampoco salió bueno: el ajo se le queda embarrado y tiene la mala costumbre de escupir el bagazo del perejil. En realidad es mucho más fácil picar estas cosas con cuchillo. Los caramelos no se quién se los va a comer. Por si fuera poco, se me olvidaron los cerillos.
    La razón por la que perdí el tiempo, gasté dinero y adquirí una serie de cosas que no me interesaban está en que la tienda está proyectada de acuerdo con un principio que es diametralmente opuesto al de la arquitectura funcional. En vez de tratar de economizar las distancias recorridas se trata de aumentarlas al máximo. Para comprar la botella y pagar, tuve que recorrer la tienda de cabo a rabo. Todo esto en un ambiente irreal que produce el adormecimiento de las facultades cognoscitivas y un estado de estupidez. Este ambiente está producido por las mercancías que están en exhibición, la música tenue que invade todo, y lo hace a un o perder la idea del tiempo y del espacio y por las voces celestiales que se filtran de vez en cuando y que dicen frases crípticas, como por ejemplo:
    – Número uno. Número uno. Pase a la góndola veintidós. Urge. Número uno…
    O bien:
    – Número dos. Al tres.
    Claro que acaba uno comprando idioteces.”

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