Microfotorrelato. Hoy: Maruja, te necesito.

Querida Maruja. Sé que no debió ser fácil encontrarnos a tu mejor amiga, a tu hermana y a mí, abrazados detrás del sofá, desnudos y jadeantes. A quién se le ocurre volver sin avisar. Pero yo te quiero, mi vida. Lloro por nuestro amor roto todas las noches, menos los sábados. Echo de menos tu risa, tus besos y, lo que más, tus lentejas. Regresa, gordi, antes de que sea demasiado tarde, que tengo puestos los últimos calzoncillos limpios y mañana me quedo sin camisas. PD: antes de volver, avisa.

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Ya están aquíííÍÍÍÍ

La estadísticas realizadas por Toniscopia revelan que, de todos los integrantes de mi núcleo familiar, los mosquitos me prefieren a mí con diferencia. Soy muy picable, para tranquilidad de mi señora y mi legítimo heredero que pueden estar al lado de una laguna de agua estancada, en verano, al atardecer, sin preocuparse por ser taladrados por los insectos vampiro. Estando yo cerca, no van a coger la malaria.

Mientras me rasco las ronchas a dos manos, lo cual es una actividad de lo más placenterante (desesperante y placentera a un tiempo) me consuela pensar que probablemente, en la nación mosquita, mi cara salga en las cartas de los mejores restaurantes con estrella Mosquelín como reclamo de su caldo estrella: ‘Sangre de Toni. Cosecha del 73. Con mucho cuerpo.’ En España soy un mindundi, pero en mosquitolandia se me rifan los sumillers. Como consuelo es bastante pobre y absurdo, lo sé, igual es que, como una horda de mosquitos me acaba de taladrar a picotazos hace apenas unos instantes, no me llega mucho riego a la azotea.

Nuevo sistema de medida: los “Paquitos”

Entrada de mi diario ‘Papá en prácticas’ correspondiente al 03 de marzo de 2009. Diego tiene 23 meses, yo 425.

En casa, desde hace unos meses, hemos adoptado un original y novedoso sistema de medida del tiempo y la distancia. Seguimos empleando los metros y los minutos cuando vamos a pie. Pero cuando vamos en coche utilizamos los ‘Paquitos’: llegar a casa de mis suegros cuesta tres paquitos. Llegar a Benicassim cuesta cinco paquitos. Ir al centro comercial: dos paquitos y medio. Con 30 euros de gasolina tengo para 100 paquitos. Mi coche lleva 9000 paquitos recorridos.

No entendéis nada, ¿verdad? Intentaré explicarme. Quien sabe, quizás alguien se encuentre en nuestra misma situación y, entre todos, podamos establecer un nuevo y revolucionario sistema de pesos y medidas que nos reporte no sólo dolor de cabeza y estrés (son los efectos secundarios de los ‘paquitos’), sino fama, lujo y un lugar en la historia.

La culpa de todo la tiene el alto poder adictivo de un pasodoble compuesto por el alicantino Gustavo Pascual Falcó allá por el año 1937 y que me juego lo que queráis a que todos conocéis. Hablamos del inefable ‘Paquito el chocolatero’ (el que quiera saber más sobre él que pinche  AQUí). En efecto, amigos, mi hijo ha descubierto ese megahit verbenero, el éxito imbatible que suena en los bailes de pueblo desde hace décadas. El baile, otrora inofensivo, que mi esposa y un servidor, bailamos el día de nuestra boda con gran jolgorio y desenfreno para regocijo de nuestros familiaries y amigos. La canción que un día (Snif… ¿En qué estaría yo pensando?) decidí incluir en un cd para amenizar la  Nochevieja y que pasada tan señalada fecha decidí llevar al coche, para oirlo de vez en cuando. Y que al nene le gustó mucho. Sobre todo, ‘Paquito’. Y recuerdo la gracia que nos hizo como Diego decía ‘¡EH! ¡EH!¡EH!’ al ritmo de la música, y entonces le pusimos a ‘Paquito’ otra vez, y otra más…Y él la volvia a pedir…Y estaba tan gracioso…¡EH!¡EH!¡EH!… 

Y ahora, el renacuajo la quiere escuchar a todas horas.

En casa tenemos el tema controlado porque hay más oferta. Yo creo que él no termina de asimilar que ‘Paquito el chocolatero’ pueda sonar fuera del coche, así que en casa reinan Mickey Mouse, Bob Esponja o el ¡Vamos Bebé! que le encantan. Pero para que esto siga siendo así no podemos permitirnos el lujo de bajar la guardia. Debemos andarnos con mucho ojo. Un ejemplo: buscando el vídeo con el que aderezar éste texto no calibré bien el volúmen y los primeros acordes del ‘Paquito’ sonaron por toda la casa. Lo que tuvo consecuencias:

Diego, desde el comedor: ¡EH! ¡EH! EH!¡EH! (es la parte que más le gusta de la canción cuando el coro hace “¡Eh!”)

Teresa, corriendo hacia mí como una loca por el pasillo:  ¡Quita eso! ¡Quítalo, por Dios!¡Que no lo oiga! ¡Que no sepa que en casa también está ‘Paquito’ o nos lo pedira a todas horas!

Toni, corriendo hacia el comedor, driblando a Teresa,  visiblemente nervioso: Paquito está haciendo nono, cariño. ¿Quién quiere ver a Bopaaaaaá? (Bopá en Dieguitistaní, es Bob Esponja).

Diego: ¡EH!…¡EH!…¡E…¿BOPÁ?…¡BOPÁ!¡BOPÁ! ¡Bopabopabopabopabopa!… (en efecto, mi hijo se entusiasma con facilidad) 

Así es nuestra vida, un vodevil continuo.

Bueno, como iba diciendo, de momento hemos conseguido separar a ‘Paquito’ de nuestra vida en casa… y confinarlo a un sólo espacio: el coche. Es por ello que conducir se ha convertido en un suplicio. Todo el viaje escuchando una y otra vez ‘Paquito el chocolatero’.¿Podéis imaginar un tormento mayor? Cuando digo ‘todo el viaje’ es literalmente ‘TODO EL VIAJE’: se lo ponemos, y cuando acaba, el nene lo vuelve a pedir. Y se lo volvemos a poner ( y si no, chilla como una rata…¿dónde está la supernanny cuando se la necesita?l)  y así hasta llegar a nuestro destino. De ahí la medida: si el viaje da para escuchar tres veces la canción es que llegar a ese lugar cuesta tres ‘paquitos’. Lo sé, estamos locos de atar. 

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¿Me llamabais?…Pues que sepáis que la culpa es siempre de los padres. Y que al nene lo que tenéis que hacerle es un cartel, colgarlo de la nevera, y que le vaya poniendo pegatinas, que así lo arreglo yo todo.

 Un viaje en coche sería algo tal que así: 

Entramos en el garage. Abro el coche  (¡bip-bip!). Atamos al niño a su silla (gruñe, no le gusta la silla). Me siento en el asiento del conductor. Teresa en el del copiloto. Nos ponemos los cinturones y …

Antes de que haya metido la llave en el contacto Diego comienza su letanía:¡EH! ¡EH! ¡EH!. A  mi me tiembla el pulso. Qué iluso soy. Por un instante pensé que esta vez sería distinto, que se habría olvidado…pero no. Ignoro sus inequívocas señales y me hago el loco, pero no cuela. El nene aumenta el volumen y la frecuencia: ¡EH!-¡EH!-¡EH!-¡EH!. Me rebelo. En el coche se escucha lo que yo diga.Estoy HARTO de ‘Paquito el chocolatero’ Le pongo ‘Cuando brille el sol’,  una canción muy bonita y muy naïf de La Guardia. O alguna de Celtas Cortos. O de Seguridad Social. Intento abrirle nuevos horizontes, crearle una cultura musical decente… El nene, molesto por la maniobra de su padre se cabrea definitivamente y berrea:

¡EEEEEEHHHH¡EEEEHHHHH!¡EEEEEHHHHH!

Subo la rampa de salida del párking. Salgo a la calle. El nene ha entrado en brote. Miro a Teresa que, a su vez, mira al infinito. Yo me rio de un modo ruidoso y extravagante. “Ya sale a pasear la familia loca”, deben pensar los transeuntes….Y entonces, yo…Yo me rindo. Acepto mi parte de culpa: no le puedo imponer mis gustos al nene. Si al nene le gusta ‘Paquito el chocolatero’ y decide adoptar los éxitos de ayer y hoy de la charanga ‘El Empastre’ como música de cabecera, tendré que aceptarlo. ¡Es mi hijo!…Pobrecillo, que injusto he sido con él…¡Perdóname, hijo mío!¡Te apoyaré en todo!¡Yo mismo te acompañaré a comprarte tu primer disco de pasodobles toreros!.

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Papá déjame escuchar lo que yo quiera o pondré la cara híbrida de niño melancólico/gato de Shrek y te dará mucha pena y te sentirás muy culpable (y harás lo que yo quiera…¡JiJiJi!)

He aprendido la lección: debo respetar su individualidad, mi hijo no es una mera extensión mía. Así que busco la canción de marras, le doy al ‘play’ y ahí está: vaya… me he equivocado y he puesto la banda sonora de la matanza del chivo en Tarazona del Monte…¡Ah, no! es  King África emitiendo sus típicos chilliditos: ¡Arriba todo el muuuuundoooooo y a bailar con Paquiiitoooo el chocoolateeeeerooooooooo! Siento que me va a estallar al cabeza. Pero lo peor aun está por venir…

Miro por el espejo retrovisor y lo que veo me hiela la sangre:  el nene me está mirando a los ojos mientras sonríe satisfecho. El enano me la ha vuelto a colar por toda la escuadra. NIÑO 1 PADRE 0. En el casette, King África, ajeno a mi sufrimiento, echa más leña al fuego: ‘Vamos a gosaaarrr con Paquitooo el chiocolateroooooooooooo’.    

Os dejo con el video en cuestión para que ‘goséis’ vosotros también. Un consejo…Ponedlo bajito no vaya a ser que lo escuchen vuestros bebés y os veáis a vosotros mismos midiendo en ‘Paquitos’. El que avisa no es traidor. 

¡Ja!…¡Jaja!…¡Jajaja!…¡¡¡¡MMMWWWAJAJAJAJA!!!

Viernes dando la nota

El Viernes dando la nota es un carnaval de blogs en el que todos los blogueros participantes dejamos una canción y entre todos hacemos del viernes un día lleno de música.

Si quieres participar, sólo tienes que publicar en tu blog una entrada con una o varias canciones que te gusten, que signifiquen algo especial para ti, que quieras que descubramos, que no puedas quitarte de la cabeza… y enlazarlo al Viernes dando la nota. ¡Tienes tooooooda la semana hasta el siguiente VDLN!

Recuerda viejas canciones, rememora momentos, conoce nuevos artistas, y sobre todo, ¡baila, canta y diviértete!

Si quieres saber más, conocer las reglas, y cómo participar puedes verlo todo aquí.

Solo amigos 

La intención de seguir siendo solo amigos se va al traste cada vez que ella, sin darse cuenta, roza su mano. Él, alentado por el intenso aleteo de las mariposas que, invariablemente, se produce en su interior cada vez que esto sucede, acaba intentando besarla. Ella, tras hacerle la cobra, sonríe con picardía y se muestra siempre igual de tajante: su relación es demasiado especial como para estropearla yendo más lejos. Y él, resignado, se conforma porque, qué le va a hacer, la ama con todo su ser.

Pero hay una cosa que él no sabe y es que, aunque ella no se sienta en absoluto atraída por su físico, necesita su compañía desesperadamente, y no va a renunciar nunca, jamás, a su amistad, porque le encanta que él le escriba versos —una faceta suya que la mayoría desconoce— que la mire ‘de esa manera’ y, sobre todo que la haga reír, cosas que su novio, obsesionado con sus bíceps y con la explotación de las fincas de espinacas hiperférricas transgénicas, hace mucho que no se esfuerza en procurarle. Por eso, cada cierto tiempo, cuando se da cuenta de que su amigo está algo distante, porque ha conocido a alguien, como ocurrió hace un par de semanas —no hay modo de mantener alejadas a esas pájaras— o simplemente porque está algo deprimida y necesita un subidón de autoestima, Olivia decide rozar de nuevo la mano de Brutus, así, sin darse cuenta…

Poeturbaciones #2

Mamá, no llores
porque dejé
la universidad.
Y pisoteé tus sueños.
Y no pudiste exorcizar
tus propias frustraciones
con mis triunfos.

Papá, no grites
porque dejé
las clases de vela,
Y, por mi culpa,
Te miran mal
en el Club Naútico.
Y no podrás ser concejal,
y robar más, y mejor.

Amigo mío, no me juzgues
porque ya no quiera
ser runner minimalista,
de los que corren
descalzos.
Ni dejarme barba hipster
Ni tatuarme un motivo tribal en el hombro.
Ni pasarme la vida
haciendo curls de pesas,
en el gimnasio,
para ser tronista
de Mujeres y Hombres y Bíceps-Berzas.

Cari, no hiperventiles,
aquí tienes una bosa de papel
de patatas del McDonalds,
tranquila, el aire no engorda.
Respira…
Expira…
Respira…
Expira…
¿Ya?
Que te abandono,
-con el cuerpo,
que mi mente, hace tiempo
que está lejos-.
No quiero ser crudivegano,
ni acompañarte a blanquearte el ano,
ni hacerme rayas en tu pubis.
Paso de depilarme las pelotas,
O de ponerme, ni un solo día más,
en lo que me quede de vida,
contorno de ojos,
para hombre.
Ni serum facial,
para las arrugas de expresión.

No… ¡NO!

Yo digo: ¡BASTA!

Hasta aquí he llegado, viviendo la vida de otros.
Yo solo quiero ser feliz y cumplir mi sueño
Cuando sepa cuál es.
Y sé que no confiáis en que lo consiga,
pero he encontrado trabajo, 
como mamporrero de gorrinos en una granja.
Y voy a ser el mejor.

Y al llegar a casa,
me rascaré la huevada,
en el sofá,
Tras haberme desinfectado bien las manos,
claro,
que hay que ver lo fuerte
que le huele el flujo a las cerdas.

Y pasaré las noches,
solo,
con la única compañía de una docena de bolsas,
de patatas
onduladas, de los sabores más extraños.
Y veré películas del año 1984. 
Y leeré libros de Dan Brown.
Y me masturbaré cuando se me antoje,
con el juguetito ese que me he comprado, 
que no tiene sentimientos.

Y no tendré que pensar más
en ganar o perder,
ni en lo que duele la vida
Y le perderé el miedo a la muerte.
Y no decepcionaré a nadie.
Y dejará de dolerme el pecho por las noches.
Y las tripas por las mañanas.

Y, 
al fin,
me encontraré a mí mismo.

Post data:

Mamá, los martes iré a llevarte la ropa sucia
y a recoger los tappers.
Dile a papá
que me tenga preparada la paga,
y que no sea tan tacaño,
esta vez.
Que las facturas no se pagan solas.
Y si llama Borjita,
pregúntale, si me puede prestar el coche
para ir a la granja,
que se le ha roto la junta de la trócola,
al mío
y no lo puedo arreglar
hasta que no cobre.

Cari, que estoy escribiendo, estate quieta,
Si te mueves, vas a desparramar toda la coca.
Uy… No me había fijado
¡Qué blanquito
te ha quedado el ano!

Adiós, operación bikini. Hola, operación túnica.

Esta mañana, he hecho un llamamiento al espacio infinito sideral para que cumpla con su función, esto es, conspirar para hacer realidad mis sueños, anhelos y deseos.

Como entiendo que el universo tendrá una lista de espera acojonante, sobre todo después de que Coelho y compañía se hayan ido de la lengua con las virtudes mágicas del cosmos, para facilitarle el asunto, me he inventado un rito catalizador que consiste en plantarme delante del espejo y, durante veinte minutos, repetirle a mi reflejo el siguiente mantra:

“¡Energía cósmica del universo: que mis lorzas se evaporen durante la noche, como lágrimas en la lluvia. Hazme perder un quintal para, por orden de importancia, poder meterme en el traje de la BBC (Bodas, bautizos y comuniones) y lucir tableta abdominal en verano! ¡Hazme perder peso, yo te lo ordeno!”.

“¡Hala! ¿Y ha funcionado?¿Cuánto has perdido?”, me preguntarás (para hacerlo tú también, claro, porque tu concepto de lucir tableta es bajarte a la playa con la tabla de lavar la ropa que heredaste de tu tía Ambrosia”). Y yo, pues te responderé la verdad: que he perdido en total la friolera de…. veinte minutos. (Bueno, en realidad he engordado 300 gramos, porque he pensado: “bah, como el universo me va a hacer adelgazar, me puedo comer medida docena de galletas Granola, mientras hace efecto, ¿no?”).

Así las cosas, he decidido olvidarme de la operación bikini, y poner en marcha el plan B. Lo voy a llamar la ‘Operación Túnica by Demis Roussos’ con el que, además de adelgazar, y rendir homenaje a un grande, (en todos los sentidos), pienso forrarme.

Pensadlo, con la túnica todo son ventajas:

  • Disimulan las lorzas como ningún otro atuendo.
  •  Se acabaron los cinturones y las apreturas.
  •  Vas fresquito, ventilado y puedes ir con los huevos colganderos.
  •  Puedes reciclar las telas de las cortinas.
  •  En lugar de señalarte con el dedo y decirte: “mira, ahí va un fanegas que no tiene respeto por su cuerpo que es su templo”, la gente dirá: “¡Mira, es Dumbledore!”
  •  Facilita mucho los rolletes veraniegos. En un plis-plas, túnica arremangada, y al lío.
  •  Llama tanto la atención que no hace falta que te peines nunca más. (Al amigo Roussos le funcionaba).
  •  Los creativos del Carnaval de Tenerife, Cádiz y Vinaroz tendrían trabajo todo el año.

PD: Busco socio capitalista, que no le tenga miedo a los retos (ni al fracaso) para volver a poner la túnica de moda.

PD II: ¿Cuándo nos hemos vuelto tan aburridos? En los 70 no tenían sentido del ridículo, probablemente porque todos estaban medio ciegos debido a los brillos de las lentejuelas, al LSD, o a una combinación letal de ambas cosas, pero no puedo evitar pensar que, al lado de estos personajes setenteros (Roussos, Abba, Tony Ronald, Bowie, etc, etc, etc), Lady Gaga, Christina Aguilera o Miley Cyrus no son más que unas mojigatas conservadoras jugando a ser transgresoras. He dicho.

La cadena

“¡¡Cuidado, es importancia!!¡¡No borra este mensaje!! ¡¡Si no, una manada de cabras llamará al telefonillo!! Son cabras salvajes carnívoras y cuando permites entrar, te pegan una coz voladora que te hace perder el sentido y entonces se comen tus entrañas crudas, sin cocina!!

Si se lo pasas a todos tus contactos antes de cinco segundos, el icoño cambiará a verde y la Niña Pastori, Pastora Soler y Pastora Vega vendrán a sacar las cabras de tu casa. Si no lo haces, mañana WhatsApp será facturado a 0,50 centavos y las cabras se quedarán a vivir con tu cadáver contigo para siempre.

Si quieres que tu cuenta no se borra y el disco duro no se borra borrado, válgame la rebuznancia, envía PARDILLO al 5500 y el icosno cambiará a azul. Gracias de antebrazo”.

Todo comenzó con este mensaje de whatsapp. Se trataba de una de “esas cadenas”. Hace tiempo que desistí de explicarle a quien me las envía —siempre suelen ser las mismas personas— que este tipo de mensajes son burdas manipulaciones, textos llenos de mentiras que tan sólo pretenden aprovecharse de la buena voluntad de la gente para llenar las redes sociales de basura cibernética. La verdad, aunque lo hacen sin maldad, desde la más absoluta inocencia a veces consiguen que pierda los papeles… Por el amor de Dios, ¿cómo no se dan cuenta de que son una sarta de falacias? Pero si esos textos están plagados de errores gramaticales y de sintaxis, como si en vez de por seres humanos, hubieran sido redactados por una horda de monos hasta el culo de gintonics. Así que hice lo que hago siempre en estos casos: procedí a eliminarlo de inmediato.

Entonces, empezaron a pasar cosas muy extrañas. En cuanto el mensaje desapareció, ni antes ni después, no, fue en ese preciso instante, llamaron al timbre. Abrí la puerta y en el rellano, junto a una caja de cartón marrón de dimensiones descomunales y sin marcas externas que me permitieran adivinar su contenido, un repartidor con un parecido espectacular a Mark Zuckerberg, me dijo en un castellano bastante precario:

—Chengo caha para tú. Firma usted acá, par favar.

Me acercó una tablet y un puntero, y yo firmé. Él exclamó un sonoro y rotundo: “¡ME GUSTA!”, y se marchó dando saltitos, escaleras abajo.

Me acerqué curioso a inspeccionar el paquete ¿Quién querría enviarme nada? Si casi no tengo amigos reales ¿Qué sería? Ilusionado como un niño, saqué el teléfono móvil con la intención de hacerle una foto y compartir mi excitación y mis cavilaciones con mis contactos en las redes sociales. Y dar un poco de envidia, también, para qué negarlo.

Pero no me dio tiempo.

En menos que canta un gallo, una manada de cabras salvajes salió en estampida de la caja y comenzó a devorarme. Ahora estoy aquí, en el suelo, en medio de un charco de mi propia sangre, mientras una cabra color canela, de nombre “Pichí” —están todas perfectamente etiquetadas— me roe la pierna derecha.

Siento que me queda poco tiempo, así que utilizo mis últimas fuerzas para intentar alcanzar el teléfono móvil, con la intención de despedirme de mis seres queridos.

Lo que veo me hiela la poca sangre que me queda en las venas: un mensaje acaba de reenviarse, él solo, a todos mis contactos.

“¡¡Cuidado, es importancia!!¡¡No borra este mensaje!!”…